lunes, 10 de diciembre de 2012

CRÓNICA OCHO



La historia celestial del médico Pablo Meloni:


 

La cura del cura



Pablo Augusto Meloni Navarro, médico cirujano con varias maestrías, decidió a los 51 años de edad ingresar en el seminario de  Santo Toribio de Mogrovejo  de Lima para seguir el camino del sacerdocio católico. El médico que llegó a ser vicepresidente y miembro ejecutivo de la OMS (Organización Mundial de la Salud), así como de diferentes organismos internacionales de la salud, es hoy diácono en la parroquia diocesana de Nuestra Señora de la Alegría en el distrito limeño de San Borja.


Una crónica perfil de Juan Sotelo *


El médico Augusto Meloni atiende a otro paciente. Por sus años estudiando medicina sabe perfectamente qué tiene, sin embargo, el enfermo lo mira con rostro de sorpresa, pues el doctor no usa la bata blanca oficial, sino una sotana y cuello romano. Pero, lo más sorprendente después del primer impacto de que un médico vestido de clérigo lo ausculte, es lo alto que escaló en su profesión médica antes de dejarlo todo y entrar en el seminario.    
--Escuché que ha estudiado mucho –me río para romper el hielo. ¿Cuántas maestrías tienes?- pregunto más serio.

--Varias. Una en administración de la salud, en bioquímica, en ciencias biológicas, salud internacional. Esas son las principales-- responde con normalidad y humildad. Por más qué busco un poco de  arrogancia en su modo de hablar, no la encuentro.

--¿Qué clase de médico es usted?

--Me gradué en la Universidad Cayetano como médico cirujano.   Yo quería una carrera que me permita saber y ayudar. Tenía muchas ganas de conocer pero también de hacer algo por el mundo. –me responde. 
 
Mide metro noventa y su cabello canoso no solo reflejan sus 56 años, sino también la cantidad de tiempo que le dedicó al estudio y trabajo. En la parroquia Nuestra Señora de la Alegría, ubicada en el distrito de San Borja, cerca a las torres de Limatambo,  Augusto desempeña su labor pastoral con los jóvenes. Todo el mundo le dice “hermano” o “padre” (a pesar de que aún no es sacerdote), aunque el prefiere que lo llamen simplemente Augusto. 
 
--Perdón, de médico a sacerdote… 
--Sí, y en otros tiempos habrías tenido que sacar una cita con un mes de anticipación para hablar conmigo. Es gracioso que ahora solo tengas que buscarme en la parroquia. –sonríe.

--Se refiere a los cargos tan importantes como los que ocupaba en la OMS?

--Cierto. Desde mis años en la universidad siempre he sido una persona inquieta, era presidente estudiantil, pertenecía a varios grupos de estudio y causas sociales, además de ser asistente de cátedra. –me contesta –. Rápidamente conseguí varias ofertas de trabajo y la misma universidad me ofreció una beca en Washington con la condición que después enseñará en la Universidad. Descubrí más tarde el mundo de las ONG´s en donde me percate de mis habilidades para la gestión de proyectos; así  fui ascendiendo rápidamente y muy pronto ya era jefe…

--¿Ganaba mucho dinero? –lo interrumpo.

--Bastante, la verdad. Si tienes además en cuenta que gastaba tan solo en mis padres y yo. En ese tiempo tenía 30 años y ambos aún vivían. Además tenía poco tiempo libre, ya podrás imaginar la cantidad de dinero que acumulaba.

¿Y cómo terminó un hombre tan exitoso en un seminario? –pregunto un poco irreverente.
Augusto vuelve a sonreír.

--Creo que por dos motivos principales. El primero, que a pesar de todo lo que había logrado sentía que algo faltaba en mi vida.

--¿Tal vez una mujer o hijos? –increpo.

--Fue lo primero que pensé en ese momento. Así que me hice un tiempo para salir con mujeres…

--Y qué, ¿no encontró a ninguna que te de bola?

--Jajajaja --Augusto se ríe.  Al contrarío, había una larga lista de señoritas que querían salir conmigo. Pero cuando encontraba una chica buena, o sea, no sólo interesada en el dinero, ni en mi posición, algo pasaba antes de dar el siguiente paso. Bueno, y también persistía en mi interior una necesidad de querer algo más.

--¿Algo más? –me pregunto más a mi mismo que a él. No obstante, no tarda en contestarme.

--Si. Creo que todos tenemos una inquietud en el alma, un hambre de infinito que no se llena por más logros que tengamos, por más esfuerzo que pongamos para callarlo. Para mi suerte yo calme esa hambre de infinito con estudios y trabajo; pero otros lo hacen con alcohol, drogas, mujeres, al final esas personas terminan más vacías que al comienzo y vuelven a lo mismo creando un círculo vicioso del que difícilmente pueden salir.

El futuro celestial

El Padre Augusto nunca se consideró a sí mismo como una persona religiosa. A pesar de que creció en una de esas familia católica que van a misa. Por otro lado, su alma inquieta siempre lo condujo por otros rumbos que lo llevó a saturar su tiempo con ciencia y proyectos de ayuda social. Nunca llegó a negar la existencia de un dios, y el agnosticismo resultaba una posición muy cómoda para su mente de científico por lo que optó por seguir estudiando y dejar de pensar en esas cuestiones y calmó su consciencia con maestrías, trabajo duro y considerándose a sí mismo como una buena persona que no hacía nada malo. 
--Me dijo que hay dos motivos que lo fueron conduciendo al sacerdocio ¿cuál es la otra?
El Padre Augusto no lo pensó dos veces y conteste de inmediato.
--La otra es mi madre.

Ahora el Padre Augusto está sentado al lado de su  madre. Ella se ha quedado dormida y él termina el rosario que empezaron juntos media hora antes que ella cerrara los ojos. A pesar de su ocupada agenda, entre viajes a Ginebra, Washington y diferentes zonas de Latinoamérica en donde es requerido para llevar a cabo proyectos internacionales de salud,  se buscó un tiempo para pasar con su mamá que después de la muerte de su padre se encontraba sola. “Me estoy olvidando de las cosas”, son las palabras de ella que pusieron en alerta la mente médica de Augusto.
--En ese momento pensé que mi mamá tenía principios de Alzheimer- me cuenta Augusto.- luego me sorprendió que me diga, “me estoy olvidando de rezar”-sonríe ante el recuerdo de su fallecida madre.

--¿Qué hizo entonces? –le  pregunto curioso.

--Le dije, “recemos juntos”. Yo no era una persona muy religiosa, me consideraba a mi mismo como una persona buena que no necesitaba ir a misa ni rezar ni nada de ese tipo de cosas; sin embargo, pensé que al rezar con mi madre era un buen ejercicio cerebral, de hecho lo es, para prevenir más adelante enfermedades cerebrales degenerativas.

Pablo, como prefería llamarlo su mamá, nunca imaginó que rezar con su madre lo llevaría  a una promesa que terminaría en su ingreso al Seminario años después.
-Una noche me dijo: “Pablo no te has confirmado aún, sería bueno que lo hagas”. No me lo tomé en serio, además estaba bastante ocupado. Dictaba clases de posgrado en la Universidad y tenía varios proyectos por lo que solo estaba en lima para ver a mi madre y dictar clases de vez en cuando. La mayor parte del tiempo la pasaba viajando por el mundo.

Cuando su madre murió la promesa de confirmarse se convirtió en una manera de hacerle un homenaje póstumo. Entre empleadas del  hogar y catequistas que aún no terminaban la universidad, Augusto empieza a asistir a sus charlas de confirmación en una pequeña parroquia del distrito de Pueblo Libre que se acomodaba a su ocupada agenda. Mira de un lado a otro y se pregunta si es que tomó la decisión correcta.
--¿No se sentías tentado a irte? Acaso no pensabas ¿Qué hace un reconocido médico cómo en éste lugar con personas que con las justas saben leer y escribir?  -le preguntó.

--¡Claro que si! Era gracioso, porque después de esas charlas me iba a dictar clases a los médicos de posgrado. Me daba cuenta que estaba fuera de lugar y me daba un poco de vergüenza, por eso lo mantuve en secreto. Lo peor era que me empezaba a gustar. (risas)

En la ceremonia de confirmación no logra pasar desapercibo, con su cabello canoso y su gran altura sobresale entre las empleadas del hogar y los catequistas presentes. Pocos se imaginan que después de la ceremonia debe alistar su maleta para volver a la ciudad internacional de Ginebra y a su ocupada agenda. Pronto decide regresar a Perú, para dedicar más de lleno a la docencia y su nueva pasión: ser catequista.
--¿La catequesis lo llevó al sacerdocio? – pregunto y miro mi reloj porque sé que a las seis de la tarde mi entrevistado se retirará pues tiene que ayudar en la misa.

--En realidad fueron los sacramentos, empecé a ir a misa todos días y me di cuenta que el vacío que experimentaba se iba llenando; sin embargo, aún quería más. Me hice muy amigo de un buen sacerdote al que acudía con mis dudas sobre la fe y al que ayudaba en cuestiones médicas o de ciencia. Sin saberlo en la amistad con éste sacerdote me fui preguntando si lo mio no era el sacerdocio.

--¿El cura le lo sugirió de alguna manera o te puso la idea en la mente? -lo miro a los ojos un poco atrevido.

--No, de ninguna manera; es más, cuando le conté sobre mi duda si el sacerdocio era lo mío, él me dijo que primero pruebe cambiar de trabajo, que podría ser simple aburrimiento de mis labores actuales. Me dio muchas alternativas y las probé todas, pero no estaba tranquilo. Por fin, después de un tiempo, el sacerdote decidió presentarme al que en ese tiempo era el rector del seminario que casualmente era médico como yo.

En el seminario de Santo Toribio hay médicos, economistas, publicistas, biólogos, etc. Cuando Augusto llegó se encontró con un ambiente nuevo. El rector, médico de la San Marcos, lo miró y le dijo, “prueba, no tienes nada que perder, si al final no es lo tuyo te vas por donde llegaste y vuelves a tu vida.”
--¿Es difícil renunciar a todo por el sacerdocio?

--Si, pero vale la pena –me contesta muy seguro. –es como esa perla de gran valor de la que habla el señor en los evangelios. Llevo  ya 5 años en el seminario y no dejo de pensar que es la mejor decisión que he tomado.

--¿Es más duro que ser médico?

--Un buen sacerdote para más ocupado que un médico, la cantidad de personas que nos necesitan es increíble, y aún soy diácono. (risas)

--¿Cuánto le falta para ser sacerdote? –vuelvo a cuestionar.

--No lo sé, esto no es como una carrera universitaria; el Cardenal verá.

Un regalo de Dios

Alejandro Jiménez,  seminarista camino al sacerdocio católico como Augusto,  cursa el segundo año de teología, pasa sus tardes jugando fútbol y participa animadamente de las tertulias del seminario en donde se tocan temas de actualidad, anécdotas de la semana, etc. Conoce a Augusto desde hace años.
         -¿Qué piensas es Augusto? –le pregunto.
--Creo que es un regalo de Dios para todo el seminario –me responde sin pensarlo dos veces. 
--¿Pero cómo es de carácter? –pregunto de manera más directa y sonrío por  la primera respuesta del hombre con sotana.
--Es una persona apasionada e inquieta; siempre está haciendo algo; leyendo (lee mucho), rezando, conversando con los seminaristas más jóvenes, formulándoles preguntas –me contesta.
- ¿Es alegre?
--Si, a su modo. –Reímos ambos –es serio, pero si lo conoces bien te darás cuenta que tiene un buen sentido de humor. Es el típico científico reservado que analiza todo y pregunta mucho. Es algo testarudo, pero creo que en él llega a ser una virtud.

A los 51 años de edad, Augusto, entra en el seminario. Una vez más siente que se encuentra fuera de lugar. Él es la persona más vieja del lugar, a excepción de un par de sacerdotes que son los guías espirituales del lugar. Sin embargo, al igual que en sus años de catequesis le empezó a gustar. Más tarde el Cardenal, lo nombra diácono y asistente pastoral en la parroquia diocesana de  Nuestra Señora de la Alegría. Actualmente se encuentra cursando el último año de teología en la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima que se encuentra a espaldas del mismo seminario.     

--Muchas personas creen que ciencia y fe se contradicen  ¿cómo haces para conciliarlas ya que llevas más años de científico que de hombre de fe?

--Para empezar cualquier persona bien docta en ciencias te va decir que tal contradicción no existe, que depende más de puntos de vista, de prejuicios, en fin hay varios motivos que podemos conversar en otra ocasión. –mira su reloj. Miró el mio y me doy cuenta que ya son 5 para las 6. Me despido de Augusto, quién entra velozmente a la sacristía para preparar todo para la misa de las 6.    

El Padre Augusto confiesa que ya no siente ese vacío, dice ser una persona feliz. Su frase favorita es una de San Agustín de Hipona: “Nos hiciste señor para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti.” El médico de Ginebra, hoy diacono de la Iglesia Católica, se despide con una sonrisa y un fuerte apretón de manos y me invita a volver cuando desee. Las campanas empiezan a sonar.

domingo, 9 de diciembre de 2012

CRÓNICA SIETE




Las mutaciones del joven escritor peruano:



 El síndrome de Salvatierra


Varias horas y varias copas con un escritor que se ha hecho un nombre al margen de la seriedad academicista del circuito literario limeño llevan a ver el oficio de escritor y el ritual de volverse adulto como una broma de la que solo los más tontos se ríen. Dany Salvatierra, entre sus historias, anécdotas y recorridos emerge una propuesta novedosa que entusiasma a algunos e irrita a tantos otros. Esta es su historia, este su perfil.



Un perfil de Yusef Simon *


Una incursión urbana nocturna al lado de Dany Salvatierra se puede convertir en una aventura que abre puertas a dimensiones desconocidas de nuestra ciudad, en estos recovecos hiperbólicos puedo conocer mejor al narrador que se encarga de relatar sobre lo más sucio. Aún no es la media noche y ya me trajo a Sagitario, así se llama el antro, me empecé a preocupar porque acá no se puede conversar con tranquilidad. “Esto no es como una fiesta gay en Miraflores, acá no hay mujeres, ni pudor, pura cabra chola divirtiéndose” gritaba para que lo escuche a pesar del volumen de la música mientras hacíamos una corta cola para comprar cerveza, el hombre que hacía cola delante de él llevaba nada más que una bata y un calzoncillo.

La vestimenta de este personaje extraño cobró sentido cuando algunas cervezas después lo vimos haciendo el baile del tubo frente a más de 400 personas gozosamente apiñadas. Dany hacía el papel de observador participante en esta tierra sórdida solo para hacerse de inspiración, yo hacía de observador de Dany. Atracción y repulsión se mezclan en sus gestos. “¡Cómo disfrutas del desborde!” le achaco en tono jocoso tras percibir en su rostro un impulso reprimido a ser parte del trajín fiestero.

“¡No!” gritó con una aturdida voz histriónica “solo venía a lugares así en mis épocas más oscuras, cuando recién había terminado la universidad, pero lo que no mata fortalece”. El alcohol subía y los escandalosos comportamientos extraños de los sujetos en plan de fiesta parecían cada vez menos novedosos, entonces nos aburrimos de ver a hombres de cuarenta años perreando de a cuatro y a otros haciendo concursos de quién la tiene más grande.

“Esto no es nada, quizás es lo más que vas a ver en Lima, pero las fiestas de Madrid son billones de veces más intensas” dijo Dany. Ciertamente se percibe la marginalidad de esta fiesta, incluso adquiere una dimensión circense, veo a dos hombres bailando desde la barra en la que compartimos una cerveza y discutimos sobre el proceso creativo. “¿Cómo construyes a tus personajes” pregunto y la interrogante queda flotando entre el bullicio y cuando finalmente reposa, Dany me responde señalando a los avezados bailarines “me puedo imaginar que son hermanos, amantes en secreto y que viven con sus padres”, así me inspiro para empezar una historia nueva.

Cansados y un poco aburridos, pero sí ebrios, volvimos al más familiar Miraflores, buscamos un ambiente en el que se pudiera conversar con naturalidad y nos asentamos en un tradicional Chili’s. Pedimos dos margaritas cada uno. “Lugares genéricos, tan alienantes como Chili’s, donde todo parece estar bien son escenarios perfectos para que pensamientos y secretos turbios discurran”, señala a un hombre con rostro melancólico “a él lo violó un cura”, señala a una chica de carcajadas exageradas “ella tiene mucho sexo pero nunca ha tenido un orgasmo”. Cuando llega el mozo con los margaritas me dice “él se ha intentado matar dos veces con sobredosis de Xanax”.

En cada circuito literario siempre aparece un actor que reconfigura la escena con medidas extremas, alguien que se encarga de llevar obsesiones al extremo y desechar cánones y esencialismos locales. La nueva sociedad de la información ha llevado al público a desacralizar celebridades otrora venerables, la creciente fama de Dany apareció en esta llamada modernidad líquida y su fama ha sido sembrada y cosechada desde internet. Quizás una de las razones por las que la notoriedad que ha cobrado Dany Salvatierra no se traduce en la devoción de una grey como sucedía con autores de culto de los ochentas y noventas sea la cada vez menos crucial figura del autor.

“Mis lectores me ven como un catalizador de fantasías, en cierto modo solo saco a relucir pulsiones escondidas que tienen ellos, el aura del autor se ha debilitado” explica Dany. Parece estar en lo cierto, sus seguidores tratan los libros de Dany de la misma manera que tratan sus diseños y sus mezclas de indie pop que suenan en más de una fiesta en las que él ocupa el lugar de sumo pontífice de la postmodernidad, el de DJ.

Este año una encuesta realizada por la revista Buensalvaje a los lectores resultó en que su última novela, El Síndrome de Berlín, sea considerada como la mejor novela peruana del año. Esta novela editada por Estruendomudo que ha gozado de un buen desempeño en ventas ha llamado la atención por su lenguaje lúdico, de observador lujurioso y personajes desequilibrados con una pizca de realismo mágico. En las narraciones de Dany que también publicó un libro de cuentos llamado Terapia de Grupo hay incesto, drogas, muerte y perversión. Su prosa ha sido descrita como poseedora de una narración que deja al lector con incertidumbre acerca de si algo se cuenta con seriedad, de manera irónica o incluso de manera insultante.

Para saber si la extraña verosimilitud de eventos tan exagerados eran material diario de la vida del joven escritor, me encuentro en esta cadena de restaurantes emborrachándome con él desde temprano. Un perfil del escritor supone una excelente excusa para descarrilarse, “al fin y al cabo se trata de llevar todo al extremo” le digo a sus ojos desorbitados, él solo asiente. “Hay que pedir otra ronda” concluye.

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Como algunas bestias citadinas que deambulan en universos marginales de la literatura peruana, Dany recoge lo bizarro de la ciudad apuntalado en su energía cotidiana. “Me gusta la forma sin remordimiento con la que desconoce el legado del boom latinoamericano a la hora de contar historias” comenta uno de sus seguidores en el perfil de facebook del autor. “A algunas personas les jode que mis libros no estén plagados de crítica social y de héroes masculinos viriles” dice quejándose.

Pocos narradores peruanos exitosos han establecido directrices para esbozar una literatura tan despreocupada y actual. El legado de  las implacables narraciones de Ribeyro, el temprano abordaje del bullying de Reynoso y la documentación de la juventud acomodada limeña de los primeros años de relativa estabilidad económica por parte de Galarza son consideraciones menores.

“Para mí no hay nada más estúpido que pensar que tu lugar de origen geográfico tenga que incidir de manera determinante en tu estilo literario” me dice con una indignación falsa mientras saca una tímida lengua que lame la sal del borde de la copa. Es obvio que le molesta que la experiencia en una ciudad sea un relato construido por algunos pocos líderes de opinión.

“O sea que la gente espera que emprendas aventuras antropológicas en los conos de Lima hasta establecer el conflicto remanente en la época del terrorismo y mucha gente, incluido yo, estamos hartos de hablar de los ochentas”. Parece un personaje que se reconforta en la alienación y el consumismo. Esta ajenidad y aversión al medio literario “serio” lo respalda en su personalidad jovial casi adolescente. De alguna manera lo que percibo es un rechazo al academicismo y la formalidad del medio.

Él vive en un pequeño departamento miraflorino que expulsa un olor dulce intenso. “Acaban de venir a cobrarme la renta de la casa y olía demasiado a marihuana, no tenía ambientador y decidí  echar perfume barato por toda la casa para que no se dé cuenta, le he pagado tres meses pasados y estaba medio molesto” dijo Dany cuando le pregunté por el aroma tan pronto como llegué a su sala, él se encontraba doblando la ropa que acababa de recoger de la lavandería.

Su sala está adornada por fotos suyas con artistas que admira, divas del pop español de los ochentas, legendarios actores porno, drag queens y algunos escritores. Dany no solo ha conseguido notoriedad por su capacidad narrativa, desde hace casi una década ha sido un actor fundamental en la organización de fiestas diferentes en Lima, fiestas que se celebraron entre el 2004 y el 2006 y que hoy en día su recuerdo es legendario. Inspirado en las fiestas temáticas que conoció en sus viajes de placer a Europa, fue un órgano fundamental en la producción de eventos como Caja Negra, Madrid me mata, Oblivion, entre otros. Haciendo afiches para fiestas fue como descubrió sus habilidades gráficas.

“Estudié Comunicación en la Universidad de Lima, pero me gustaban pocos cursos, sobre todo algunos de diseño, pero jamás pensé que terminaría dándome de comer haciendo afiches y portadas de libros” me cuenta Dany con una atenuada expresión de resignación. ¿En qué lugares reales de Lima te inspiras para crear personajes? le pregunto. “La verdad es que pienso poco en mi experiencia en Lima, no es fundamental para mi proceso creativo, sin embargo, hay lugares un poco sórdidos y la idea es que conozcas eso, no” me dijo Dany, parecía que una buena idea se le había ocurrido.

Así es como salimos de su casa con destino a un lugar secreto, como él decía. “Ya te estás asustando”, me dijo en tono burlón cuando nos alejábamos de miraflores y enrumbábamos al centro de Lima a través de la vía expresa. Realmente me asusté cuando llegamos al destino. “Este el downtown de los plebeyos” me dijo, aludiendo claramente a que ese local de la avenida Wilson era una discoteca gay de extracción popular y que pasaríamos unas horas tratando de sacar algún tipo de provecho de ese lugar. Después de esas extrañas horas en el centro pude percibir que en realidad Dany sí realiza esas actividades antropológicas contra las cuales despotrica.

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La seriedad es algo que le parece totalmente ajeno, Dany cuchichea, se ríe y habla casi gritando como una adolescente rajona, siempre he tenido la impresión de que dentro de él habita un espíritu mucho más joven y la verdad es que no aparenta sus 32 años. “De repente me ves chibolo porque yo hice todo tarde, perdí mi virginidad después del colegio, no iba a fiestas durante la universidad y todas las locuras que me han inspirado las empecé a hacer a los 25”. Pensé en que era un caso tanto de adolescencia como adultez tardías. Muchos de sus temas literarios discurren por la represión del deseo.

Aparentemente ahora vive sin desequilibrio emocional alguno, le pregunto sobre su vida amorosa. “Tengo novio desde hace seis años, se llama Lee y vive en Boston, es doce años mayor que yo y trabaja como administrador de un hospital”. Me cuenta que lo conoció en el famoso barrio de Chueca, en Madrid, en una fiesta de osos que es como se hace conocer el colectivo gay que tiene como paradigma de belleza a los hombres panzones y peludos. Seis años es un montón. “¿Crees que tu relación con él te ha hecho madurar?” pregunto.

“Sí, de todas maneras, él me enseñó cosas muy básicas como mantener en orden una casa y hacer todas las finanzas personales” respondió. Dany ha tenido suerte para aprender a ser un adulto, tanto hablar de su novio ha tenido un efecto en su rostro, sus músculos se relajan y entristecen. Su relación es a distancia y se ven dos o tres veces al año. “Gracias a Dios existe el internet y el celular, sino me hubiera muerto”. Cuando salimos de Chili’s decidimos comprar algunas cervezas más y fumar marihuana en el malecón. Ahondamos en el tema estético literario.

“No he sido un gran lector, muchos libros canónicos los leí ya adulto y cuando estaba en la universida y en el colegio prefería novelas ligeras en inglés, en esa época mi imaginario era muy kitsch, me inspiraba en John Waters, Almodovar y Warhol, todo cambió cuando conocí a Burroughs, Vonnegut y Palahniuk” me cuenta, tratando de mantener el hilo de la conversación a pesar de la fuerte ingesta de alcohol.

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Se hace tarde y ya no nos queda mucho que hacer, el tiempo se ha pasado muy rápido y muchas de las preguntas que tenía preparadas simplemente no pude apuntalarlas, caminábamos de madrugada por calles de Miraflores y él señalaba casas ordinarias en varias calles, cada una de ellas resultaban haber sido legendarios huecos en las escenas limeñas de inicios de la década pasada según las descripciones de Dany.

Eran las 3:40 de la madrugada y andábamos cansados, pero él sugirió tomar más si encontrábamos un lugar abierto, accedí. Tras tantear varios locales solo nos quedó un establecimiento híper conocido por su reputación de negocios sucios. Entramos a este lugar subterráneo y pedimos una jarra de cerveza. A un lado habían mujeres solas esperando a que alguien se les acerque, al otro lado,  hombres vestidos con ropas estrambóticas, cada uno con una mujer. Poco antes de las cinco, un hombre se nos acerca y nos dice que si salimos ya no podemos entrar porque están cerrando.

Dany y yo hablábamos ya de temas mucho más banales y fue expresa nuestra voluntad de regresar cada uno a casa. Un sonido fuerte nos distrajo, un señor gordo con sombrero y botas con escamas golpeaba su mesa. “Atención, atención” gritó, pudimos percibir su acento mexicano y nos miramos. “A partir de ahora todo va por mi cuenta, bienvenidos sean” gritó dejando escapar muchos gallos evidenciando su ebriedad “y si no aceptan un regalo que les chinguen la madre”. Solo fuimos capaces de tomar dos jarras más, me sentí un personaje de sus cuentos, estábamos tan borrachos que pedimos un taxi seguro. En el taxi Dany me dijo “no solo en la ficción un narco te puede invitar jarras de cerveza, solo hay ser capaz de verlo”.


CRÓNICA SEIS




El filuda técnica del psiquiatrá Teobaldo Llosa:


 Bisturí para la coca

No todos los médicos operan cerebros.  Mucho menos, para curar la adicción a las drogas. Pero, el psiquiatra peruano Teobaldo Llosa es un caso excepcional. Hoy, tras más de treinta años desde que realizó la primera cirugía al cerebro para cocainómanos en el mundo, cuenta las duras críticas que lo bautizaron como el “Mengele peruano”, sus peculiares tratamientos con hoja de coca y, confiesa, que pronto volverá a operar a adictos. Este es el perfil del psiquiatra más controvertido de los años ochenta.


Una crónica de  Sally Jabiel *

Despreocupado, el psiquiatra Teobaldo Llosa ingresa a la sala de espera de su actual consultorio, un modesto apartamento de blancas paredes ubicado en el distrito de Miraflores, tan sólo para pedir otra taza de café a su secretaria, quien se apresura en servirlo. Asiste a una fría y gris tarde de invierno y, como no quedan más pacientes esperándolo en aquellos cómodos sillones de la estancia, Llosa, ya con el café rozando sus labios, no se detiene en su confesión:
--Volveré a operar pronto— asegura mientras nos invita a aquella habitación privada en que atiende a sus recurrentes pacientes.
Es así como, hoy, quien fue uno de los psiquiatras más criticados en los años ochenta por aplicar la singular cingulotomía, una operación al cerebro y distinta a la lobotomía, en cocaínomanos; no repara en admitir que recurrirá, nuevamente, a tales operaciones debido  a los atroces casos con los que se topa a diario en la Clínica Caravedo donde trata a adictos, la mayoría de ellos, deshauciados por sus familiares.
El doctor Teobaldo Llosa es un hombre de setenta y tres años. De aspecto lánguido y de unos párpados ensombrecidos por la gracia de muchos años de estudios psiquíatricos, así como de su incesante búsqueda de una cura efectiva para los adictos al clorohidrato de cocaína y a la pasta, la cocaína de los pobres.
Pero, el Llosa no ha olvidado la dura crítica de sus colegas mundiales que le otorgó los apodos de “Mengele peruano” o “Brujo” y que casi, como admite con una escasa sonrisa, consigue  retirarle el título de psiquiatra. Recuerda,  perfectamente, la posición de sus detractores que argumentaron, en diversas ocasiones, que se trataba de un cruel experimento de Llosa con sus pacientes, a quienes bautizaron como “Las plantitas Llosa” debido a que se creía que éstos quedarían como “disminuidos mentales”, como “vegetales”. Un ataque que, después de tantos años, no le importa.
—Aquello sólo fue un ejemplo de ignorancia mundial. Los resultados demostraron lo contrario. Curé, al menos, a la mitad de operados —asegura tranquilo mientras se dirige, una vez más, a tomar un sorbo de su preciado café colombiano.
—¿Qué sucedió con los que no se curaron?— preguntó de inmediato.
—Murieron— admite con voz de derrota— No podíamos curarlos a todos.  
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En una gastada cinta de 1983, cuando Llosa lucía joven y con más cabello, se le puede ver conversando, siempre apacible, con el aventurero y documentalista francés Jacques Cousteau, a quien le permite ser partícipe de una de sus cingulotomías a un adicto a la pasta de coca, el paciente 27.
En aquella oportunidad, se logra apreciar a un Llosa bastante atento a cada uno de los movimientos de su compañero, el neurocirujano y ya fallecido, Humberto Hinojosa. Todos en aquella azulada y fría sala de operaciones, comparten una mirada curiosa, cual si fuesen niños, sobre todo, Llosa. Así, la sencilla operación resulta, técnicamente, un éxito. Pero, el paciente 27, jamás se curó. 
Llosa tan sólo cesó de operar luego de su paciente número treinta y tres, cuando, tras numerosos experimentos con la hoja sagrada de los incas—la hoja de coca— encontró una cura alternativa: “la terapia de cocalización”. Una suerte de cura con el mal, es decir, cocaína por cocaína.  
—Estaba desesperado. Había curado una mitad pero, ¿la otra parte?  Entonces me di cuenta que los serranos chacchaban mucha hoja de coca y que ninguno estaba mal. Pensé, ¿por qué no les doy a mis pacientes cocaína pero por la vía oral? Algo así como los parches de nicotina. Suena lógico, ¿no? — explica mientras sus manos revolotean, sin ritmo, dando cuenta de esa hiperactividad que lo caracteriza y con un tono que simula buscar comprensión entre las miradas ajenas.
Sin embargo, el “Doctor Coca”, como fue bautizado por este método y quien admite nunca antes haber probado esta planta hasta iniciada su investigación en Cusco, fue una vez más, enérgicamente, cuestionado por sus colegas o enemigos, como los tilda él.
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Parece ser que el doctor Llosa, de manera positiva o no, siempre tiene la mirada pública sobre él. Esto, no sólo por sus novedosos tratamientos médicos, si no, también por aquellas singularidades que, desde niño, lo persiguen: esa inquietante pasión por el canto lírico, heredada de su madre, que lo llevaron a presentarse en el teatro Segura con su grupo de zarzuela, o aquel peculiar aprecio a la poesía de Vallejo, reflejado, sin duda, en su propia poesía.
Éstas, sus peculiaridades, son explicadas, rápidamente, por un atosigado Fernando Llosa, uno de los hermanos más queridos del doctor y cantante de profesión, con quien conseguimos conversar, un jueves por la mañana, día que, según Teobaldo Llosa, es su freeday .
—Cantar nunca nos fue difícil: abríamos la boca, cantábamos y éramos las primeras voces en todo— recuerda Fernando en quien se respira un aire nostálgico al mencionar su niñez a lado del dr. Coca—Luego, descubrimos a César Vallejo y nos enloquecimos por él. Andábamos recitándolo y, por eso, casi nos expulsan del colegio católico. Pero, a Teo no le importó y siguió. Siempre fue así.
Y es que aquella dosis artística del doctor Llosa fue, sin objeción,  inyectada por sus padres y por un profesor a domicilio que tuvieron, tanto Teobaldo como Fernando, porque sólo cargaban con malas notas en sus pequeñas libretas.
De esta manera, este singular doctor se vio inmerso en el placer incontrolable de la literatura y, además de sus libros médicos, su gran estante, plagado de éstos, reserva también un lugar particular para sus propias creaciones literarias así como algunas novelas de Sartre, espacio en el cual  Mario Vargas Llosa, como advierte sin mayor reparo, no encuentra terreno.
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Llosa acaba de regresar de “dar una vuelta por Europa” con su esposa y con quien, asegura mientras acomoda un mechón de su encanecido cabello, comparte el resto de su tiempo y a quien le dedicó uno de sus poemarios, particularmente, de tintes eróticos. Llevan veintiocho años juntos desde que un Llosa, casado en dos ocasiones, con cuatro hijos y con la polémica de las operaciones encima, la encontráse en una de esas reuniones de la clase media miraflorina.
Comparten las aventuras de Llosa y otras suyas, disfrutan del ciclismo, otra pasión del doctor, y deambulan juntos por el mundo, muchas veces por Estados Unidos, donde se alojan en la casa de una de las ex esposas de él. Pero, ella prefiere no hablar de su esposo.
—¿Qué te puedo decir? Teo es así desde que lo conozco — atina a responder, sin mayor profundidad en sus palabras, cuando, luego de que Llosa me permitiera llamar a su casa, ella contestara.
Describir al doctor Coca no ha de ser tarea fácil.
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Ahora Llosa, sólo se reserva a observarme con esa mirada un tanto profesional hasta que, de pronto, cae en cuenta de que, su taza, nuevamente, está vacía pero, esta vez, prefiere aguardar un poco más antes de consumir su cuarta dosis del día como adicto que confiesa ser.
—¿Consumió alguna vez alguna droga?— cuestiono sin preámbulo.
—No. Por suerte, ni siquiera fumo. — sentencia con cierta laxitud en su pronunciado.
—Y ¿alguna vez tuvo que tratar a un familiar por adicción?
—Las familias no son perfectas—advierte con pesar— Nunca falta uno pero, felizmente, se curaron. A ninguno tuve que operarlo. — afirma con una risa típica de ese buen humor que, según su secretaria Nora, es propio de él.
El barullo del tráfico limeño no alcanza ingresar en aquel blanco consultorio. El estante, el sofá y una pequeña caja de pañuelos desechables presentan la imagen que, de no ser porque le pertenece a Doctor Coca, parecería tratarse del consultorio de un cualquier psiquiatra. De pronto, Nora, su secretaria y quien resulta ser una mujer atenta y cortés, irrumpe en aquella estancia para anunciar, como es habitual, la llegada de un visitador médico a quien Llosa no deja esperar. No tarda. En un par de segundos, éste está de regreso con un sinfín de cajas de antidepresivos sobre sus brazos.
Pero, inmediatamente, se deja escuchar el timbrar de un teléfono celular. Es el suyo. Se apresura a contestar. Se logra oír de que se trata de una emergencia. Y lo es. Llosa cuelga, deja, apresuradamente, las cajas en su mesa mientras se disculpa por tener que marcharse en ese preciso momento. Una de sus pacientes cocainómanas acaba de sufrir una nueva sobredosis.
—Si hubiese tenido que operar por adicción a uno de sus hijos ¿lo hacía? — cuestiono antes de que termine de cerrar su consultorio.
—De ser la única opción, sí— responde mientras recoge las llaves de su automovil y se marcha.