La historia celestial del médico Pablo Meloni:
La cura del cura
Pablo
Augusto Meloni Navarro, médico cirujano con varias maestrías, decidió a los 51
años de edad ingresar en el seminario de
Santo Toribio de Mogrovejo de
Lima para seguir el camino del sacerdocio católico. El médico que llegó a ser vicepresidente
y miembro ejecutivo de la OMS (Organización Mundial de la Salud), así como de
diferentes organismos internacionales de la salud, es hoy diácono en la
parroquia diocesana de Nuestra Señora de la Alegría en el distrito limeño de San
Borja.
Una crónica perfil de Juan Sotelo *
El médico Augusto Meloni atiende a otro paciente. Por sus
años estudiando medicina sabe perfectamente qué tiene, sin embargo, el enfermo
lo mira con rostro de sorpresa, pues el doctor no usa la bata blanca oficial,
sino una sotana y cuello romano. Pero, lo más sorprendente después del primer
impacto de que un médico vestido de clérigo lo ausculte, es lo alto que escaló
en su profesión médica antes de dejarlo todo y entrar en el seminario.
--Escuché que ha estudiado mucho –me río para romper el
hielo. ¿Cuántas maestrías tienes?- pregunto más serio.
--Varias. Una en administración de la salud, en bioquímica,
en ciencias biológicas, salud internacional. Esas son las principales-- responde
con normalidad y humildad. Por más qué busco un poco de arrogancia en su modo de hablar, no la
encuentro.
--¿Qué clase de médico es usted?
--Me gradué en la Universidad Cayetano como médico cirujano.
Yo quería una carrera que me permita
saber y ayudar. Tenía muchas ganas de conocer pero también de hacer algo por el
mundo. –me responde.
Mide metro noventa y su cabello canoso no solo reflejan sus
56 años, sino también la cantidad de tiempo que le dedicó al estudio y trabajo.
En la parroquia Nuestra Señora de la Alegría, ubicada en el distrito de San
Borja, cerca a las torres de Limatambo,
Augusto desempeña su labor pastoral con los jóvenes. Todo el mundo le
dice “hermano” o “padre” (a pesar de que aún no es sacerdote), aunque el
prefiere que lo llamen simplemente Augusto.
--Perdón, de médico a sacerdote…
--Sí, y en otros tiempos habrías tenido que sacar una cita
con un mes de anticipación para hablar conmigo. Es gracioso que ahora solo
tengas que buscarme en la parroquia. –sonríe.
--Se refiere a los cargos tan importantes como los que
ocupaba en la OMS?
--Cierto. Desde mis años en la universidad siempre he sido
una persona inquieta, era presidente estudiantil, pertenecía a varios grupos de
estudio y causas sociales, además de ser asistente de cátedra. –me contesta –.
Rápidamente conseguí varias ofertas de trabajo y la misma universidad me
ofreció una beca en Washington con la condición que después enseñará en la
Universidad. Descubrí más tarde el mundo de las ONG´s en donde me percate de mis
habilidades para la gestión de proyectos; así
fui ascendiendo rápidamente y muy pronto ya era jefe…
--¿Ganaba mucho dinero? –lo interrumpo.
--Bastante, la verdad. Si tienes además en cuenta que gastaba
tan solo en mis padres y yo. En ese tiempo tenía 30 años y ambos aún vivían. Además
tenía poco tiempo libre, ya podrás imaginar la cantidad de dinero que
acumulaba.
¿Y cómo terminó un hombre tan exitoso en un seminario?
–pregunto un poco irreverente.
Augusto vuelve a sonreír.
--Creo que por dos motivos principales. El primero, que a
pesar de todo lo que había logrado sentía que algo faltaba en mi vida.
--¿Tal vez una mujer o hijos? –increpo.
--Fue lo primero que pensé en ese momento. Así que me hice
un tiempo para salir con mujeres…
--Y qué, ¿no encontró a ninguna que te de bola?
--Jajajaja --Augusto se ríe.
Al contrarío, había una larga lista de señoritas que querían salir conmigo.
Pero cuando encontraba una chica buena, o sea, no sólo interesada en el dinero,
ni en mi posición, algo pasaba antes de dar el siguiente paso. Bueno, y también
persistía en mi interior una necesidad de querer algo más.
--¿Algo más? –me pregunto más a mi mismo que a él. No
obstante, no tarda en contestarme.
--Si. Creo que todos tenemos una inquietud en el alma, un
hambre de infinito que no se llena por más logros que tengamos, por más
esfuerzo que pongamos para callarlo. Para mi suerte yo calme esa hambre de
infinito con estudios y trabajo; pero otros lo hacen con alcohol, drogas,
mujeres, al final esas personas terminan más vacías que al comienzo y vuelven a
lo mismo creando un círculo vicioso del que difícilmente pueden salir.
El futuro celestial
El Padre Augusto nunca se consideró a sí mismo como una
persona religiosa. A pesar de que creció en una de esas familia católica que
van a misa. Por otro lado, su alma inquieta siempre lo condujo por otros rumbos
que lo llevó a saturar su tiempo con ciencia y proyectos de ayuda social. Nunca
llegó a negar la existencia de un dios, y el agnosticismo resultaba una
posición muy cómoda para su mente de científico por lo que optó por seguir
estudiando y dejar de pensar en esas cuestiones y calmó su consciencia con
maestrías, trabajo duro y considerándose a sí mismo como una buena persona que
no hacía nada malo.
--Me
dijo que hay dos motivos que lo fueron conduciendo al sacerdocio ¿cuál es la
otra?
El Padre Augusto no lo pensó dos veces y conteste de
inmediato.
--La otra es mi madre.
Ahora el Padre Augusto está sentado al lado de su madre. Ella se ha quedado dormida y él
termina el rosario que empezaron juntos media hora antes que ella cerrara los
ojos. A pesar de su ocupada agenda, entre viajes a Ginebra, Washington y
diferentes zonas de Latinoamérica en donde es requerido para llevar a cabo
proyectos internacionales de salud, se
buscó un tiempo para pasar con su mamá que después de la muerte de su padre se
encontraba sola. “Me estoy olvidando de las cosas”, son las palabras de ella
que pusieron en alerta la mente médica de Augusto.
--En ese momento pensé que mi mamá tenía principios de
Alzheimer- me cuenta Augusto.- luego me sorprendió que me diga, “me estoy
olvidando de rezar”-sonríe ante el recuerdo de su fallecida madre.
--¿Qué hizo entonces? –le pregunto curioso.
--Le dije, “recemos juntos”. Yo no era una persona muy
religiosa, me consideraba a mi mismo como una persona buena que no necesitaba
ir a misa ni rezar ni nada de ese tipo de cosas; sin embargo, pensé que al
rezar con mi madre era un buen ejercicio cerebral, de hecho lo es, para
prevenir más adelante enfermedades cerebrales degenerativas.
Pablo, como prefería llamarlo su mamá, nunca imaginó que
rezar con su madre lo llevaría a una
promesa que terminaría en su ingreso al Seminario años después.
-Una noche me dijo: “Pablo no
te has confirmado aún, sería bueno que lo hagas”. No me lo tomé en serio,
además estaba bastante ocupado. Dictaba clases de posgrado en la Universidad y
tenía varios proyectos por lo que solo estaba en lima para ver a mi madre y
dictar clases de vez en cuando. La mayor parte del tiempo la pasaba viajando
por el mundo.
Cuando su madre murió la promesa de confirmarse se convirtió
en una manera de hacerle un homenaje póstumo. Entre empleadas del hogar y catequistas que aún no terminaban la
universidad, Augusto empieza a asistir a sus charlas de confirmación en una
pequeña parroquia del distrito de Pueblo Libre que se acomodaba a su ocupada
agenda. Mira de un lado a otro y se pregunta si es que tomó la decisión
correcta.
--¿No se sentías tentado a irte? Acaso no pensabas ¿Qué hace
un reconocido médico cómo en éste lugar con personas que con las justas saben
leer y escribir? -le preguntó.
--¡Claro que si! Era gracioso, porque después de esas
charlas me iba a dictar clases a los médicos de posgrado. Me daba cuenta que
estaba fuera de lugar y me daba un poco de vergüenza, por eso lo mantuve en
secreto. Lo peor era que me empezaba a gustar. (risas)
En la ceremonia de confirmación no logra pasar desapercibo,
con su cabello canoso y su gran altura sobresale entre las empleadas del hogar
y los catequistas presentes. Pocos se imaginan que después de la ceremonia debe
alistar su maleta para volver a la ciudad internacional de Ginebra y a su
ocupada agenda. Pronto decide regresar a Perú, para dedicar más de lleno a la
docencia y su nueva pasión: ser catequista.
--¿La catequesis lo llevó al sacerdocio? – pregunto y miro
mi reloj porque sé que a las seis de la tarde mi entrevistado se retirará pues tiene
que ayudar en la misa.
--En realidad fueron los sacramentos, empecé a ir a misa
todos días y me di cuenta que el vacío que experimentaba se iba llenando; sin
embargo, aún quería más. Me hice muy amigo de un buen sacerdote al que acudía
con mis dudas sobre la fe y al que ayudaba en cuestiones médicas o de ciencia.
Sin saberlo en la amistad con éste sacerdote me fui preguntando si lo mio no
era el sacerdocio.
--¿El cura le lo sugirió de alguna manera o te puso la idea
en la mente? -lo miro a los ojos un poco atrevido.
--No, de ninguna manera; es más, cuando le conté sobre mi
duda si el sacerdocio era lo mío, él me dijo que primero pruebe cambiar de
trabajo, que podría ser simple aburrimiento de mis labores actuales. Me dio
muchas alternativas y las probé todas, pero no estaba tranquilo. Por fin,
después de un tiempo, el sacerdote decidió presentarme al que en ese tiempo era
el rector del seminario que casualmente era médico como yo.
En el seminario de Santo Toribio hay médicos, economistas,
publicistas, biólogos, etc. Cuando Augusto llegó se encontró con un ambiente
nuevo. El rector, médico de la San Marcos, lo miró y le dijo, “prueba, no
tienes nada que perder, si al final no es lo tuyo te vas por donde llegaste y
vuelves a tu vida.”
--¿Es difícil renunciar a todo por el sacerdocio?
--Si, pero vale la pena –me contesta muy seguro. –es como
esa perla de gran valor de la que habla el señor en los evangelios. Llevo ya 5 años en el seminario y no dejo de pensar
que es la mejor decisión que he tomado.
--¿Es más duro que ser médico?
--Un buen sacerdote para más ocupado que un médico, la
cantidad de personas que nos necesitan es increíble, y aún soy diácono. (risas)
--¿Cuánto le falta para ser sacerdote? –vuelvo a cuestionar.
--No lo sé, esto no es como una carrera universitaria; el
Cardenal verá.
Un regalo de Dios
Alejandro Jiménez,
seminarista camino al sacerdocio católico como Augusto, cursa el segundo año de teología, pasa sus
tardes jugando fútbol y participa animadamente de las tertulias del seminario
en donde se tocan temas de actualidad, anécdotas de la semana, etc. Conoce a
Augusto desde hace años.
-¿Qué piensas
es Augusto? –le pregunto.
--Creo que es un regalo de Dios
para todo el seminario –me responde sin pensarlo dos veces.
--¿Pero cómo es de carácter?
–pregunto de manera más directa y sonrío por la primera respuesta del hombre con sotana.
--Es una persona apasionada e
inquieta; siempre está haciendo algo; leyendo (lee mucho), rezando, conversando
con los seminaristas más jóvenes, formulándoles preguntas –me contesta.
- ¿Es alegre?
--Si, a su modo. –Reímos ambos
–es serio, pero si lo conoces bien te darás cuenta que tiene un buen sentido de
humor. Es el típico científico reservado que analiza todo y pregunta mucho. Es
algo testarudo, pero creo que en él llega a ser una virtud.
A los 51 años de edad, Augusto, entra en el seminario. Una
vez más siente que se encuentra fuera de lugar. Él es la persona más vieja del
lugar, a excepción de un par de sacerdotes que son los guías espirituales del
lugar. Sin embargo, al igual que en sus años de catequesis le empezó a gustar.
Más tarde el Cardenal, lo nombra diácono y asistente pastoral en la parroquia
diocesana de Nuestra Señora de la
Alegría. Actualmente se encuentra cursando el último año de teología en la
Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima que se encuentra a espaldas del
mismo seminario.
--Muchas personas creen que ciencia y fe se contradicen ¿cómo haces para conciliarlas ya que llevas
más años de científico que de hombre de fe?
--Para empezar cualquier persona bien docta en ciencias te
va decir que tal contradicción no existe, que depende más de puntos de vista,
de prejuicios, en fin hay varios motivos que podemos conversar en otra ocasión.
–mira su reloj. Miró el mio y me doy cuenta que ya son 5 para las 6. Me despido
de Augusto, quién entra velozmente a la sacristía para preparar todo para la
misa de las 6.
El Padre Augusto confiesa que ya no siente ese vacío, dice
ser una persona feliz. Su frase favorita es una de San Agustín de Hipona: “Nos
hiciste señor para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en
ti.” El médico de Ginebra, hoy diacono de la Iglesia Católica, se despide con
una sonrisa y un fuerte apretón de manos y me invita a volver cuando desee. Las
campanas empiezan a sonar.
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