El filuda técnica del psiquiatrá Teobaldo Llosa:
Bisturí para la coca
No todos los médicos operan cerebros. Mucho menos, para curar la adicción a las
drogas. Pero, el psiquiatra peruano Teobaldo Llosa es un caso excepcional. Hoy,
tras más de treinta años desde que realizó la primera cirugía al cerebro para
cocainómanos en el mundo, cuenta las duras críticas que lo bautizaron como el
“Mengele peruano”, sus peculiares tratamientos con hoja de coca y, confiesa,
que pronto volverá a operar a adictos. Este es el perfil del psiquiatra más controvertido
de los años ochenta.
Una crónica de Sally Jabiel *
Despreocupado, el psiquiatra Teobaldo Llosa ingresa a la sala de espera de su actual consultorio, un modesto apartamento de blancas paredes ubicado en el distrito de Miraflores, tan sólo para pedir otra taza de café a su secretaria, quien se apresura en servirlo. Asiste a una fría y gris tarde de invierno y, como no quedan más pacientes esperándolo en aquellos cómodos sillones de la estancia, Llosa, ya con el café rozando sus labios, no se detiene en su confesión:
--Volveré a operar pronto— asegura mientras nos invita a aquella
habitación privada en que atiende a sus recurrentes pacientes.
Es así como, hoy, quien fue uno de los psiquiatras más
criticados en los años ochenta por aplicar la singular cingulotomía, una
operación al cerebro y distinta a la lobotomía, en cocaínomanos; no repara en
admitir que recurrirá, nuevamente, a tales operaciones debido a los atroces casos con los que se topa a
diario en la Clínica Caravedo donde trata a adictos, la mayoría de ellos,
deshauciados por sus familiares.
El doctor Teobaldo Llosa es un hombre de setenta y tres años.
De aspecto lánguido y de unos párpados ensombrecidos por la gracia de muchos
años de estudios psiquíatricos, así como de su incesante búsqueda de una cura
efectiva para los adictos al clorohidrato de cocaína y a la pasta, la cocaína
de los pobres.
Pero, el Llosa no ha olvidado la dura crítica de sus colegas
mundiales que le otorgó los apodos de “Mengele peruano” o “Brujo” y que casi, como
admite con una escasa sonrisa, consigue
retirarle el título de psiquiatra. Recuerda, perfectamente, la posición de sus detractores
que argumentaron, en diversas ocasiones, que se trataba de un cruel experimento
de Llosa con sus pacientes, a quienes bautizaron como “Las plantitas Llosa”
debido a que se creía que éstos quedarían como “disminuidos mentales”, como “vegetales”.
Un ataque que, después de tantos años, no le importa.
—Aquello sólo fue un ejemplo de ignorancia mundial. Los
resultados demostraron lo contrario. Curé, al menos, a la mitad de operados —asegura
tranquilo mientras se dirige, una vez más, a tomar un sorbo de su preciado café
colombiano.
—¿Qué sucedió con los que no se curaron?— preguntó de
inmediato.
—Murieron— admite con voz de derrota— No podíamos curarlos
a todos.
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En una gastada cinta de 1983, cuando Llosa lucía joven y con
más cabello, se le puede ver conversando, siempre apacible, con el aventurero y
documentalista francés Jacques Cousteau, a quien le permite ser partícipe de
una de sus cingulotomías a un adicto a la pasta de coca, el paciente 27.
En aquella oportunidad, se logra apreciar a un Llosa bastante
atento a cada uno de los movimientos de su compañero, el neurocirujano y ya
fallecido, Humberto Hinojosa. Todos en aquella azulada y fría sala de
operaciones, comparten una mirada curiosa, cual si fuesen niños, sobre todo,
Llosa. Así, la sencilla operación resulta, técnicamente, un éxito. Pero, el paciente
27, jamás se curó.
Llosa tan sólo cesó de operar luego de su paciente número
treinta y tres, cuando, tras numerosos experimentos con la hoja sagrada de los
incas—la hoja de coca— encontró una cura alternativa: “la terapia de
cocalización”. Una suerte de cura con el mal, es decir, cocaína por cocaína.
—Estaba desesperado. Había curado una mitad pero, ¿la
otra parte? Entonces me di cuenta que
los serranos chacchaban mucha hoja de coca y que ninguno estaba mal. Pensé,
¿por qué no les doy a mis pacientes cocaína pero por la vía oral? Algo así como
los parches de nicotina. Suena lógico, ¿no? — explica mientras sus manos
revolotean, sin ritmo, dando cuenta de esa hiperactividad que lo caracteriza y
con un tono que simula buscar comprensión entre las miradas ajenas.
Sin embargo, el “Doctor Coca”, como fue bautizado por este
método y quien admite nunca antes haber probado esta planta hasta iniciada su
investigación en Cusco, fue una vez más, enérgicamente, cuestionado por sus colegas
o enemigos, como los tilda él.
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Parece ser que el doctor Llosa, de manera positiva o no,
siempre tiene la mirada pública sobre él. Esto, no sólo por sus novedosos
tratamientos médicos, si no, también por aquellas singularidades que, desde
niño, lo persiguen: esa inquietante pasión por el canto lírico, heredada de su
madre, que lo llevaron a presentarse en el teatro Segura con su grupo de
zarzuela, o aquel peculiar aprecio a la poesía de Vallejo, reflejado, sin duda,
en su propia poesía.
Éstas, sus peculiaridades, son explicadas, rápidamente, por
un atosigado Fernando Llosa, uno de los hermanos más queridos del doctor y
cantante de profesión, con quien conseguimos conversar, un jueves por la mañana,
día que, según Teobaldo Llosa, es su
freeday .
—Cantar nunca nos fue difícil: abríamos la boca, cantábamos
y éramos las primeras voces en todo— recuerda Fernando en quien se respira un
aire nostálgico al mencionar su niñez a lado del dr. Coca—Luego, descubrimos a César
Vallejo y nos enloquecimos por él. Andábamos recitándolo y, por eso, casi nos
expulsan del colegio católico. Pero, a Teo no le importó y siguió. Siempre fue
así.
Y es que aquella dosis artística del doctor Llosa fue, sin
objeción, inyectada por sus padres y por
un profesor a domicilio que tuvieron, tanto Teobaldo como Fernando, porque sólo
cargaban con malas notas en sus pequeñas libretas.
De esta manera, este singular doctor se vio inmerso en el
placer incontrolable de la literatura y, además de sus libros médicos, su gran estante,
plagado de éstos, reserva también un lugar particular para sus propias
creaciones literarias así como algunas novelas de Sartre, espacio en el cual Mario Vargas Llosa, como advierte sin mayor
reparo, no encuentra terreno.
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Llosa acaba de regresar de “dar una vuelta por Europa” con su
esposa y con quien, asegura mientras acomoda un mechón de su encanecido
cabello, comparte el resto de su tiempo y a quien le dedicó uno de sus
poemarios, particularmente, de tintes eróticos. Llevan veintiocho años juntos
desde que un Llosa, casado en dos ocasiones, con cuatro hijos y con la polémica
de las operaciones encima, la encontráse en una de esas reuniones de la clase
media miraflorina.
Comparten las aventuras de Llosa y otras suyas, disfrutan del
ciclismo, otra pasión del doctor, y deambulan juntos por el mundo, muchas veces
por Estados Unidos, donde se alojan en la casa de una de las ex esposas de él. Pero,
ella prefiere no hablar de su esposo.
—¿Qué te puedo decir? Teo es así desde que lo conozco —
atina a responder, sin mayor profundidad en sus palabras, cuando, luego de que
Llosa me permitiera llamar a su casa, ella contestara.
Describir
al doctor Coca no ha de ser tarea fácil.
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Ahora Llosa, sólo se reserva a observarme con esa mirada un
tanto profesional hasta que, de pronto, cae en cuenta de que, su taza,
nuevamente, está vacía pero, esta vez, prefiere aguardar un poco más antes de
consumir su cuarta dosis del día como adicto que confiesa ser.
—¿Consumió alguna vez alguna droga?— cuestiono sin
preámbulo.
—No. Por suerte, ni siquiera fumo. — sentencia con
cierta laxitud en su pronunciado.
—Y ¿alguna vez tuvo que tratar a un familiar por
adicción?
—Las familias no son perfectas—advierte con pesar— Nunca
falta uno pero, felizmente, se curaron. A ninguno tuve que operarlo. — afirma
con una risa típica de ese buen humor que, según su secretaria Nora, es propio
de él.
El barullo del tráfico limeño no alcanza ingresar en aquel
blanco consultorio. El estante, el sofá y una pequeña caja de pañuelos
desechables presentan la imagen que, de no ser porque le pertenece a Doctor
Coca, parecería tratarse del consultorio de un cualquier psiquiatra. De pronto,
Nora, su secretaria y quien resulta ser una mujer atenta y cortés, irrumpe en
aquella estancia para anunciar, como es habitual, la llegada de un visitador
médico a quien Llosa no deja esperar. No tarda. En un par de segundos, éste
está de regreso con un sinfín de cajas de antidepresivos sobre sus brazos.
Pero, inmediatamente, se deja escuchar el timbrar de un
teléfono celular. Es el suyo. Se apresura a contestar. Se logra oír de que se
trata de una emergencia. Y lo es. Llosa cuelga, deja, apresuradamente, las
cajas en su mesa mientras se disculpa por tener que marcharse en ese preciso
momento. Una de sus pacientes cocainómanas acaba de sufrir una nueva sobredosis.
—Si hubiese tenido que operar por adicción a uno de sus
hijos ¿lo hacía? — cuestiono antes de que termine de cerrar su consultorio.
—De ser la única opción, sí— responde mientras recoge
las llaves de su automovil y se marcha.

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