domingo, 9 de diciembre de 2012

CRÓNICA SEIS




El filuda técnica del psiquiatrá Teobaldo Llosa:


 Bisturí para la coca

No todos los médicos operan cerebros.  Mucho menos, para curar la adicción a las drogas. Pero, el psiquiatra peruano Teobaldo Llosa es un caso excepcional. Hoy, tras más de treinta años desde que realizó la primera cirugía al cerebro para cocainómanos en el mundo, cuenta las duras críticas que lo bautizaron como el “Mengele peruano”, sus peculiares tratamientos con hoja de coca y, confiesa, que pronto volverá a operar a adictos. Este es el perfil del psiquiatra más controvertido de los años ochenta.


Una crónica de  Sally Jabiel *

Despreocupado, el psiquiatra Teobaldo Llosa ingresa a la sala de espera de su actual consultorio, un modesto apartamento de blancas paredes ubicado en el distrito de Miraflores, tan sólo para pedir otra taza de café a su secretaria, quien se apresura en servirlo. Asiste a una fría y gris tarde de invierno y, como no quedan más pacientes esperándolo en aquellos cómodos sillones de la estancia, Llosa, ya con el café rozando sus labios, no se detiene en su confesión:
--Volveré a operar pronto— asegura mientras nos invita a aquella habitación privada en que atiende a sus recurrentes pacientes.
Es así como, hoy, quien fue uno de los psiquiatras más criticados en los años ochenta por aplicar la singular cingulotomía, una operación al cerebro y distinta a la lobotomía, en cocaínomanos; no repara en admitir que recurrirá, nuevamente, a tales operaciones debido  a los atroces casos con los que se topa a diario en la Clínica Caravedo donde trata a adictos, la mayoría de ellos, deshauciados por sus familiares.
El doctor Teobaldo Llosa es un hombre de setenta y tres años. De aspecto lánguido y de unos párpados ensombrecidos por la gracia de muchos años de estudios psiquíatricos, así como de su incesante búsqueda de una cura efectiva para los adictos al clorohidrato de cocaína y a la pasta, la cocaína de los pobres.
Pero, el Llosa no ha olvidado la dura crítica de sus colegas mundiales que le otorgó los apodos de “Mengele peruano” o “Brujo” y que casi, como admite con una escasa sonrisa, consigue  retirarle el título de psiquiatra. Recuerda,  perfectamente, la posición de sus detractores que argumentaron, en diversas ocasiones, que se trataba de un cruel experimento de Llosa con sus pacientes, a quienes bautizaron como “Las plantitas Llosa” debido a que se creía que éstos quedarían como “disminuidos mentales”, como “vegetales”. Un ataque que, después de tantos años, no le importa.
—Aquello sólo fue un ejemplo de ignorancia mundial. Los resultados demostraron lo contrario. Curé, al menos, a la mitad de operados —asegura tranquilo mientras se dirige, una vez más, a tomar un sorbo de su preciado café colombiano.
—¿Qué sucedió con los que no se curaron?— preguntó de inmediato.
—Murieron— admite con voz de derrota— No podíamos curarlos a todos.  
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En una gastada cinta de 1983, cuando Llosa lucía joven y con más cabello, se le puede ver conversando, siempre apacible, con el aventurero y documentalista francés Jacques Cousteau, a quien le permite ser partícipe de una de sus cingulotomías a un adicto a la pasta de coca, el paciente 27.
En aquella oportunidad, se logra apreciar a un Llosa bastante atento a cada uno de los movimientos de su compañero, el neurocirujano y ya fallecido, Humberto Hinojosa. Todos en aquella azulada y fría sala de operaciones, comparten una mirada curiosa, cual si fuesen niños, sobre todo, Llosa. Así, la sencilla operación resulta, técnicamente, un éxito. Pero, el paciente 27, jamás se curó. 
Llosa tan sólo cesó de operar luego de su paciente número treinta y tres, cuando, tras numerosos experimentos con la hoja sagrada de los incas—la hoja de coca— encontró una cura alternativa: “la terapia de cocalización”. Una suerte de cura con el mal, es decir, cocaína por cocaína.  
—Estaba desesperado. Había curado una mitad pero, ¿la otra parte?  Entonces me di cuenta que los serranos chacchaban mucha hoja de coca y que ninguno estaba mal. Pensé, ¿por qué no les doy a mis pacientes cocaína pero por la vía oral? Algo así como los parches de nicotina. Suena lógico, ¿no? — explica mientras sus manos revolotean, sin ritmo, dando cuenta de esa hiperactividad que lo caracteriza y con un tono que simula buscar comprensión entre las miradas ajenas.
Sin embargo, el “Doctor Coca”, como fue bautizado por este método y quien admite nunca antes haber probado esta planta hasta iniciada su investigación en Cusco, fue una vez más, enérgicamente, cuestionado por sus colegas o enemigos, como los tilda él.
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Parece ser que el doctor Llosa, de manera positiva o no, siempre tiene la mirada pública sobre él. Esto, no sólo por sus novedosos tratamientos médicos, si no, también por aquellas singularidades que, desde niño, lo persiguen: esa inquietante pasión por el canto lírico, heredada de su madre, que lo llevaron a presentarse en el teatro Segura con su grupo de zarzuela, o aquel peculiar aprecio a la poesía de Vallejo, reflejado, sin duda, en su propia poesía.
Éstas, sus peculiaridades, son explicadas, rápidamente, por un atosigado Fernando Llosa, uno de los hermanos más queridos del doctor y cantante de profesión, con quien conseguimos conversar, un jueves por la mañana, día que, según Teobaldo Llosa, es su freeday .
—Cantar nunca nos fue difícil: abríamos la boca, cantábamos y éramos las primeras voces en todo— recuerda Fernando en quien se respira un aire nostálgico al mencionar su niñez a lado del dr. Coca—Luego, descubrimos a César Vallejo y nos enloquecimos por él. Andábamos recitándolo y, por eso, casi nos expulsan del colegio católico. Pero, a Teo no le importó y siguió. Siempre fue así.
Y es que aquella dosis artística del doctor Llosa fue, sin objeción,  inyectada por sus padres y por un profesor a domicilio que tuvieron, tanto Teobaldo como Fernando, porque sólo cargaban con malas notas en sus pequeñas libretas.
De esta manera, este singular doctor se vio inmerso en el placer incontrolable de la literatura y, además de sus libros médicos, su gran estante, plagado de éstos, reserva también un lugar particular para sus propias creaciones literarias así como algunas novelas de Sartre, espacio en el cual  Mario Vargas Llosa, como advierte sin mayor reparo, no encuentra terreno.
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Llosa acaba de regresar de “dar una vuelta por Europa” con su esposa y con quien, asegura mientras acomoda un mechón de su encanecido cabello, comparte el resto de su tiempo y a quien le dedicó uno de sus poemarios, particularmente, de tintes eróticos. Llevan veintiocho años juntos desde que un Llosa, casado en dos ocasiones, con cuatro hijos y con la polémica de las operaciones encima, la encontráse en una de esas reuniones de la clase media miraflorina.
Comparten las aventuras de Llosa y otras suyas, disfrutan del ciclismo, otra pasión del doctor, y deambulan juntos por el mundo, muchas veces por Estados Unidos, donde se alojan en la casa de una de las ex esposas de él. Pero, ella prefiere no hablar de su esposo.
—¿Qué te puedo decir? Teo es así desde que lo conozco — atina a responder, sin mayor profundidad en sus palabras, cuando, luego de que Llosa me permitiera llamar a su casa, ella contestara.
Describir al doctor Coca no ha de ser tarea fácil.
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Ahora Llosa, sólo se reserva a observarme con esa mirada un tanto profesional hasta que, de pronto, cae en cuenta de que, su taza, nuevamente, está vacía pero, esta vez, prefiere aguardar un poco más antes de consumir su cuarta dosis del día como adicto que confiesa ser.
—¿Consumió alguna vez alguna droga?— cuestiono sin preámbulo.
—No. Por suerte, ni siquiera fumo. — sentencia con cierta laxitud en su pronunciado.
—Y ¿alguna vez tuvo que tratar a un familiar por adicción?
—Las familias no son perfectas—advierte con pesar— Nunca falta uno pero, felizmente, se curaron. A ninguno tuve que operarlo. — afirma con una risa típica de ese buen humor que, según su secretaria Nora, es propio de él.
El barullo del tráfico limeño no alcanza ingresar en aquel blanco consultorio. El estante, el sofá y una pequeña caja de pañuelos desechables presentan la imagen que, de no ser porque le pertenece a Doctor Coca, parecería tratarse del consultorio de un cualquier psiquiatra. De pronto, Nora, su secretaria y quien resulta ser una mujer atenta y cortés, irrumpe en aquella estancia para anunciar, como es habitual, la llegada de un visitador médico a quien Llosa no deja esperar. No tarda. En un par de segundos, éste está de regreso con un sinfín de cajas de antidepresivos sobre sus brazos.
Pero, inmediatamente, se deja escuchar el timbrar de un teléfono celular. Es el suyo. Se apresura a contestar. Se logra oír de que se trata de una emergencia. Y lo es. Llosa cuelga, deja, apresuradamente, las cajas en su mesa mientras se disculpa por tener que marcharse en ese preciso momento. Una de sus pacientes cocainómanas acaba de sufrir una nueva sobredosis.
—Si hubiese tenido que operar por adicción a uno de sus hijos ¿lo hacía? — cuestiono antes de que termine de cerrar su consultorio.
—De ser la única opción, sí— responde mientras recoge las llaves de su automovil y se marcha. 

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