La extraña vida de Aminta Henrich:
La bióloga chambea en combi
Aminta
Henrich es una peruana con apellido alemán que vende caramelos en una combi
para sobrevivir. Nada fuera de lo normal, excepto por el hecho de que es
bióloga y una de las dos únicas artistas en el mundo que ha dibujado una serie
de líneas de Nazca. Este es el perfil de un personaje muy especial.
Una crónica de Yuri Ferrel Escalante.
Es una habitual tarde de miércoles y Aminta Henrich Nonone espera
con calma en el cruce de las avenidas Javier Prado y Aviación, sube al bus de
la línea Consorcio Vial y se prepara para dar su habitual discurso, lleva la
calma que solo la constante repetición de la actividad puede proporcionar:
“Buenas, señores, soy una bióloga y pintora peruana y he venido a pedir su
colaboración con la compra de estos caramelos. Soy una de las dos únicas
artistas que pintó una serie de las líneas de Nazca. ¿Por qué estoy ahora así?
Bueno, una caída la puede tener cualquiera, ¿no?”
El ritual encuentra su punto final y distintivo, cuando ella
dice que si no le creen, pueden buscar su nombre en Google y comprobar lo que
dijo. Además, entrega pequeñas tarjetas
para que los pasajeros interesados puedan contratarla para aprender alemán o
como asesora de tareas escolares. “Que Dios los bendiga y muchas gracias”,
remata mientras sale del bus. Fue gracias a ese proceso que pude encontrarla y
conseguir la entrevista a la que ella accedió muy gustosa, casi con una sonrisa
constante en el rostro. Cuando, luego de una pequeña caminata desde la
intersección de Faucett con Quilca, llegué a la urbanización Playa Rimac (casi en
las laderas del río), fue bastante sencillo ubicar el pequeño departamento
donde vive. Luego vinieron la mesa, un par de sillas y muchas tazas de
café.
No es fácil encontrar una historia como la de Aminta, una
mujer de 53 años que pasó su infancia en un barrio de Jesús María, lugar en donde
conocería a quien ella llama como el “amor de su vida”, pero también donde conoció
a su primer esposo y nació su primer hijo. Además, en esos años llegó a
terminar la maestría en apicultura en la Universidad Federico Villareal. Buenos
tiempos, como la gente podría llamar.
Todo iba de maravillas para Henrich y su familia hasta que
el Fujishock mandó a la quiebra al negocio familiar y deprimió en exceso a su
esposo, quien tan solo se dedicó a “jugar en la computadora”. Fue entonces
cuando la primera crisis empezó: “Me separé de él porque cuando la pobreza
entra por una ventana, el amor sale por la otra”.
De todas maneras, Aminta se las ingenió para conseguir
trabajo vendiendo individuales en el Congreso y colaborando en un programa de
salubridad en MoscaMet, organización donde ella no pudo estar más de un mes,
pero que sirvió para que conozca a “alguien que suplió la falta de cariño”. Sin
embargo la relación duró poco y “no tiene casi sentido seguir hablando de lo
que sucedió en ese momento”.
Su vida dio un giro importante cuando conoció a un alemán
que vino al Perú para hacer aventura y encontrar oro en la selva, mochileros
locos que les dicen. “Fuimos a Puerto Maldonado con la intención de obtener oro
y todas las cosas que el compraba estaban a mi nombre, pero todo se fue al
demonio porque le pagaba el 25% a los obreros, comenzaron las deudas y el plan
fracasó”.
Luego del fiasco, ambos tuvieron que vender la draga que el
amante aventurero había adquirido, para recuperar algo de lo gastado: “Eddy
había invertido unos 50 mil dólares y al final tan solo recuperó 10 mil con esa
venta”.
Otras aventuras
“Pero como la fiebre del oro es algo que no te deja”, Eddy
viajó a Alemania y volvió con 5 mil dólares para ir al río Chaspa, que según la
leyenda popular esconde mucho material dorado. Al final, Aminta tuvo que viajar
a Puerto Maldonado porque le habían contado que el accidentado minero no estaba
bien. “Preguntando por el gringo, llegamos donde él y resultó que le habían
robado dinero y el rifle que tenía. Fue entonces que encontramos al ladrón y lo
amenacé con una pistola para que devuelva el botín, pero lloró y no devolvió el
dinero. Nos tuvimos que ir”.
Luego de la desventura del oro, Eddy regresó a Alemania, pero
seguía comunicándose constantemente con Aminta, a quien terminó por convencer
para que vivan juntos en el país europeo. Ella accedió y al poco tiempo también
pudo llevar a su hijo: la familia estaba constituida.
Sin embargo, los problemas no demoraron en llegar: “Él era
techador y esa es una profesión muy dura en Alemania por el clima extremo y la inclinación de la superficie. Es
entonces que comienza a beber y a pegarme. Luego de dos años le dije adiós”. Después conoció a otro novio, quien era un mal
negociante, “desordenado y amante excesivo de los autos”.
“Yo siempre he sido una niña sobreprotegida, quizás por eso
no pude elegir buenas parejas”. ¿Cómo la
pasaba su hijo? “Josenilo siempre ha sido un chico crítico y muy inteligente,
él tiene 150 de IQ, pero tuvo momentos muy difíciles allá porque veía que me
maltrataban”. La voz había pasado de un orgullo tremendo a la tristeza propia
de la nostalgia y el recuerdo.
“Con mi última pareja tuve muchos problemas, nos separábamos
y mudábamos constantemente, él era bastante violento conmigo, así que tuvimos
una relación muy violenta”. “Fue cuando nos mudamos a un pueblo cerca de
Colonia que comencé a pintar”.
“Y pintaba porque no tenía otra cosa que hacer, empecé a
pintar para mí, para decorar mi casa… Pasé de acuarela a abstractos. Hice una
exposición en el hospital de “María” en el pueblo donde vivía, luego obtuve una
beca para estudiar con un reconocido pintor alemán”.
“Las primeras pinturas que hice fueron sobre la serie de las
líneas de Nazca, una de las dos únicas que existen en el mundo. Llegué a hacer
48 de ellas”. Ahí comenzó el espiral de la fama artística: expuso en la
embajada peruana en Alemania (Salón María Reiche), donde vendió ocho pinturas, llegaron más exposiciones en diversas zonas
teutonas, las obras estaban cotizadas entre 1000 y 1500 euros y logró vender
toda la serie de líneas de Nazca.
“Me levantaba,
comenzaba a pintar y los cuadros salían solos, era como si mi mano se moviera
casi por inercia”. Además, la pintura
también le había dado independencia y fuerza necesarias para dejar a su pareja
y vivir sola con Josenilo.
Pero la necesidad de afecto siempre estuvo presente, y fue
la nostalgia del primer amor la culpable de que Aminta vuelva al Perú: “Busqué
en las páginas blancas del Perú un nombre que yo había recordado mucho
(cinco segundos de silencio fúnebre): Jesús La Madrid Salcedo”.
- Hola, ¿sabes quién soy?
- No sé
- Soy Aminta Henrich Nonone.
- ¡¿Dónde estás?!
Ahí comenzó todo.
La historia de su
relación con Jesús La Madrid empezó con mucha alegría. Las anécdotas de la
juventud entre ambos se sucedían con bastantes sonrisas de por medio y parecía
que los años mozos habían vuelto por
algunos escasos minutos.
“Bueno, la cosa es que llegué a pagar hasta 1900 euros por
los gastos de teléfono. Invité a Jesús
para que vaya a Alemania, pero él no podía ir porque su mamá se lo impedía.
Tenía mamitis”.
¿quiero quedarme acá o volver al Perú?”.
Aminta regresó al Perú el 20 de noviembre del 2007. Josenilo
había hecho su propia vida y Martin, su segundo hijo, era bastante pegado a su
padre. Como resultado, llegó solo acompañada de varios lienzos, máquinas,
recuerdos de sus hijos, todo menos ellos.
“Jesús me recibió en el aeropuerto y fue el momento más
feliz de mi vida”. El suspiro posterior daba a entender la pequeña película
mental que acababa de tener: algo así como un cortometraje alegre.
“Cuando llegué el mundo desapareció, solo existíamos él y
yo, vivíamos separados pero iba a mi casa todos los días durante seis meses. El
era muy culto, inteligente, compartíamos muchos sueños juntos”. Todo el sueño
duró hasta que Aminta descubrió que Jesús tenía una pareja. Luego de comprobar
la verdad, la pesadilla se abrió paso.
“El día 20 de mayo (2008) recibí un correo, la primera carta
de amor que recibí en mi vida y fue de despedida. En ese momento se quebró mi
vida”. Según el psiquiatra, ese fue el suceso que activó la bipolaridad de
Henrich.
Por comprensible coincidencia, Aminta se volvió depresiva e
intentó suicidarse hasta en tres veces, pero las numerosas cajas de Diazepán no
pudieron darle el boleto de ida al viaje sin retorno.
“¿Podemos hacer una pausa?, quiero salir a fumar un rato”.
Sí, claro. “Hace poco pasé a firmar mis cuadros como Warmy Kullay (señalando
una pintura en la pared donde un hombre bailaba con una mujer). Pasé de ser un
trofeo de marinera, como me llamaba Jesús, para convertirme en una mujer amada
(Warma Kullay)”. “¿Vamos afuera?”.
Luego de un cigarro,
volvimos a la mesa y otra taza de café. “En Alemania solo pensaba en trabajar
para volver al Perú” ¿Para qué? “Para ver a Jesús”. “Mucha gente dice que esto
es obsesión, pero yo estoy segura de que es amor”.
Jesús era, y es aún, profesor de baile y mantuvo una
relación por mucho tiempo con una cantante folclórica. “La mujer con la que
estuvo él murió de cáncer y yo me siento en parte culpable de eso”.
El suicidio otra vez
“Cuando volví al Perú, no pude conseguir trabajo, me deprimí
y volví a intentar suicidarme con Diazepán y Racumín”. En esta ocasión el paro
cardiaco estuvo muy cerca, pero nuevamente se salvó por poco.
Después vino un ciclo repetitivo: otro viaje hacia Alemania,
una estadía deprimente y un regreso al Perú con nuevos intentos de levantarse,
pero esta vez a punta de vender caramelos en los buses y dando circunstanciales
clases de alemán a la gente que se lo solicitaba. La idea llegó cuando estaba
viviendo en la casa de una amiga y la empleada del hogar le dijo que debería
ganarse la vida por ella misma, pero el inicio no fue sencillo: “Tuve que
vencer mi orgullo para salir a vender caramelos”.
Cuando parecía que todo había terminado y no había más que
contar, llegó el tesoro: Se paró de un momento a otro y fue hacia su cama para
traer una botella de vino. Yo sabía que no era precisamente para nuestro
consumo, y es que en ella estaba pegado un recorte de periódico con una foto de
Jesús junto a su difunta ex pareja. La nota era sobre la academia de danza que
él tiene.
“Este vino me lo dieron cuando salí de una clínica
psiquiátrica en Alemania, y yo prometí que solo la llegaré a tomar con él”. No
hace falta aclarar a quién se refiere.
--La conocen de varias formas:
Aminta, María, Warmy Kullay, ¿cómo prefieren que la llamen?
--Creo que Warmy Kullay, por
eso ahora firmo mis cuadros bajo ese nombre. Aunque no pueda volver a pintar
bien, porque para eso necesito que él esté a mi lado.
--Bueno, ¿qué va a hacer
mañana?
--No lo sé, quizás salga a
vender caramelos. Yo vivo el hoy, lo que suceda mañana lo decidiré en su
momento.
En algún momento de nuestra conversación, soltó la frase: “Soy
una artista, no soy una persona normal”. Y yo le creo.

gracias esta publicado en facebook !!
ResponderEliminaramintahenrich@gmail.com