domingo, 9 de diciembre de 2012

CRÓNICA CUATRO



“Cheche” Campos Dávila y su aventura escrita con tinta negra.


En África supe que era peruano

                                                                                                                                        



Todos algunas vez hemos escuchado el término ‘afroperuano’ o ‘afro descendiente’, estos rótulos nos hacen pensar que hay peruanos que tienen una parte africana. José “Cheche” Campos Dávila estuvo en el continente negro y nos asegura que no es así. “En África me di cuenta de que yo era peruano, que no era africano ni afro. Ellos no creen en eso de que tú eres afro ni nada por el estilo. Tú eres peruano” afirma.



Una crónica de José Alonso Rojas Gutiérrez


José “Cheche” Campos Dávila llegó hasta África vendiendo cuadros al oleo. Estando en Marruecos se chocó con la primera barrera, el idioma. Todos sus viajes fueron subvencionados por la cualidad que tenía para convencer a sus clientes de comprar unos inservibles cuadros. Pero ahora, sin poder usar su herramienta principal, ese verbo florido que le podía hacer vender gran cantidad de cuadros al día estaba atado de manos.

En Marruecos no estuvo mucho tiempo. Poco a poco se le iba acabando el dinero que había juntado en España y, aunque nunca tuvo apuros económicos, “Cheche” esperaba seguir viajando para poder llegar allá donde alguna vez vivieron sus ancestros. Un compañero de viaje le comentó que había un lugar en África en el que se hablaba español y sin pensarlo “Cheche” fue para allá. 

Guinea Ecuatorial es el único país en África en el que se habla español, allí fue a parar “Cheche” con todos sus pinturas, con todas sus ganas de conocer a sus ancestros y con la esperanza de alejarse por un instante de las diferencias raciales que lo habían perseguido durante toda su vida, total, en África estaría con los suyos, rodeado de negros. Craso error.

 “Cheche” llegó a Guinea Ecuatorial y pensó que se sentiría como en casa, pero la gente allá no lo trataba como él pensó. Lo miraban diferente, su acento lo delataba, era un advenedizo, un extranjero más, un peruano que se creía africano. Nunca lo llegaron a tratar como a uno de ellos y es que realmente no lo era. En ese momento recordó las palabras de la gente en el Perú, las historias que le habían contado acerca de negros llegando a los puertos peruanos provenientes del África, de los términos que se usan para llamar ‘respetuosamente’ a los negros. ¿‘Afroperuano’, ‘Afro descendiente’? Estando en África “Cheche” eliminó esas palabras de su vocabulario. Ser negro no te hace africano, pensó

--En los países negros hay negros ricos que ven mal a quienes no los son. El problema de fondo es que el látigo no tiene colores ni la riqueza tampoco – me comenta “Cheche”
--¿Se sintió discriminado en África? – Le pregunto.
--Claro, allá descubrí que no era afro, allá eres peruano y nada más, es lo primero que tienen que aclararte. Acá a uno lo quieren volver africano.
Después de tanto andar por el mundo decide instalarse en un solo lugar, es así como uno de sus hermanos lo invita a vivir con él en los Estados Unidos.

La idea no sonaba mala, “Cheche” cansado de viajar decide que quizás el país del tío Sam sería ideal para él y allí fue a parar. El problema vino cuando se dio cuenta que en Estados Unidos se le era más difícil vender sus cuadros, además su hermano vivía en una zona alejada de comercios por lo que a “Cheche” no le quedo más remedio que trabajar. Es en ese momento que se percató que pasó gran parte de su vida paseando, siendo un comerciante y que nunca había trabajado como lo hacen la mayoría de mortales.
Su hermano lo apoyó consiguiéndole un trabajo en una fábrica, el mismo que alternaba con un trabajo que consiguió en el Museo de Historia Natural de Nueva York haciendo material educativo para América Latina. El trabajo era cansado, trabajaba todo el día en el Museo y de noche trabajaba en la fábrica, dinero no le faltaba, pero su espíritu viajero lo había acostumbrado a un ritmo de vida completamente distinto.
En el Museo tuvo una jefa puertorriqueña con la que le gustaba conversar y quien le celebraba constantemente sus historias sobre su paso por todo el mundo vendiendo sus cuadros, era una mujer bastante mayor que él y que había vivido en USA por muchos años, casi desde su nacimiento.

--Chico, tu sabes hablar bien, tú tienes tu título, qué carajo haces en este país, tienes que elegir muchacho o eres cabeza de ratón en tu país o eres cola de león eterna aquí en los Estados Unidos – le dijo un día su jefa al ver a “Cheche” casi durmiendo en el trabajo.

Ésta advertencia no hizo más que confirmarle a Campos Dávila que había llegado la hora de regresar a su país. Antes ya lo había intentado, pero siempre regresaba, no se acostumbraba al Perú. Esa vez, luego de la conversación con su jefa, decidió comprar su “ticket” por teléfono y regresar al Perú, para no abandonarlo nunca más.
A su llegada la situación era tal cual la había dejado, el Perú no había avanzado en lo absoluto y le entraron las ganas de volver, pero “Cheche”, terco como el solo, no se iba a dejar vencer por sus propios deseos. Un buen día agarro su pasaporte y lo quemo junto a su Visa “Muerto el perro no hay más rabia” dijo. 

Luego  de quemar su pasaporte, Campos Dávila se dedicó a desarrollar su profesión siguió investigando la cultura negra y a vender cuadros cada vez que le faltaba algo de dinero, aunque esporádicamente lo dejo de hacer. Sus experiencias de viajero empedernido le sirvieron para ser uno de los investigadores de minorías étnicas más respetados del país y para ocupar su cargo como Vicerrector de investigación de la Universidad La Cantuta, además, ha sido director del Instituto de Investigaciones Afroperuanas  y fue condecorado en el 2011 por el ministerio de cultura por su contribución al desarrollo e inclusión de los afrodescendientes del Perú.

Para Campos Dávila, el Perú no es un país racista, el racismo se manifiesta como un enfrentamiento directo, “aquí todos nos mezclamos, no hay problema en tener un amigo negro, el problema se da cuando ese amigo se quiere levantar a tu hermana (risas)” afirma. Desde su punto de vista el Perú  es un país lleno de prejuicios, pero no racista.

El inicio del viaje

La historia de “Cheche” comenzó en el año 1955 cuando sintió por primera vez, la discriminación y las consecuencias que en nuestro país implicaba ser negro.
Corría el año 1955 y José  “Cheche” Campos Dávila estaba sentado en la sala de su casa en el populoso barrio de Surquillo en Lima. “Cheche” vivía en una quinta cercana al cruce de la vía expresa con la avenida Angamos, barrio que es conocido como Chicago Chico. Desde la habitación contigua  podía escuchar el llanto de su madre. Realmente no lograba entender que estaba pasando y es que a sus escasos seis años él solo entendía de juegos y correteos con sus hermanos alrededor de la quinta en la que vivía. Pero no tenía idea que las lágrimas de su madre se debían a que el director del colegio en el que “Cheche” debía iniciar sus estudios primarios no le había permitido matricularlo. Es que él era diferente a sus demás compañeros.  Era negro.

Tuve la oportunidad de conocer el trabajo de José “Cheche” Campos, por una casualidad, un día un familiar me regaló un libro de “Cheche” y me comentó que era un profesor suyo en la Escuela de Postgrado de la Universidad Nacional de Educación Enrique Guzmán y Valle La Cantuta, no le tomé mayor atención, pero luego me encargaron hacer una entrevista a un personaje que estudie la cultura negra en el Perú, él fue el primero que se me vino a la mente, nunca pensé que invertiría más de una hora en una entrevista que no debía durar más de 15 minutos.

Una vez en su oficina iniciamos la entrevista, le pregunte cosas puntuales sobre la situación del racismo en nuestro país, en ese tiempo había pasado un incidente en el que unos jóvenes pasados de copas usaron adjetivos racistas contra  unos periodista y quería que me diera su punto de vista como investigador de la problemática de minorías en nuestro país, la entrevista no debía durar más de 15 minutos. Dijo algunas cosas que me parecieron interesantes y seguí preguntando. “Conozco todos los pueblos negros de América” mencionó “Cheche”; esa es una historia interesante, pensé.

Aproximadamente en el año 1972 un joven graduado de profesor se paseaba por las calles de Chiclayo, donde había conseguido una plaza para ejercer como educador, el dinero era escaso, no había mayores oportunidades. Un día saliendo para trabajar, “Cheche” se detuvo frente al cuadro de sus padres que tenía colgado en su pequeño cuarto de la ciudad norteña, se pregunto cómo es que estarían ellos y se retiro rápidamente a su trabajo. Ese mismo día a la salida del colegio en el que dictaba clases paso por el muelle y vio a un grupo de muchachos vendiendo cuadros, se acerco entablo una conversación con ellos y le explicaron su negocio.

--Vendemos “monos”- dijeron.
--¿Cómo es eso de los “monos”? – preguntó “Cheche”.
--Son cuadros, seguro has visto los cuadros que tiene todo el mundo colgado en sus paredes con sus papas o sus abuelos pintados al oleo, esos son “monos” pues moreno, la gente los compra de pura mona – le contestaron.

Cheche no tardo mucho en hacerse amigo de estos muchachos que trabajaban en el muelle y alternó su trabajo como profesor con la venta de cuadros al oleo en los muelles. La modalidad era sencilla, uno de ellos era el pintor, los otros solo se encargaban de contactar a la gente, había que convencerlos para que se dejen retratar, lo demás caía por su propio peso, los cuadros que costaban unos 5 dólares eran vendidos al cuádruple de su precio y luego se repartían el dinero, así fue como Cheche comenzó en este negocio.

--En verdad vendí un montón de cuadros, yo creo que ganaba unos 300 soles mensuales y vendía unos 2 o 3 cuadros diarios, solo trabajando medio día- me comenta “Cheche” en su oficina
Pero no fue el dinero, ni su afán por conocer la cultura negra y mucho menos su vocación como educador lo que lo llevo a querer viajar por el mundo, fue el amor.

Y llegó el amor

En uno de sus tantos días vendiendo cuadros en el muelle en Chiclayo “Cheche” conoció a Maritza una dominicana que años después sería su esposa.

--Y  ¿dónde vives? Le pregunto “Cheche”.
--En Santo Domingo, chico - Le contesto Maritza.
--Y ¿dónde queda eso? Volvió a preguntar “Cheche”
--Al otro lado del mar pues, en el Caribe – Dijo Maritza.

Y es así como inicia su espíritu aventurero, Cheche debía encontrar la forma de llegar desde Chiclayo hasta Santo Domingo, la pregunta ahora era cómo.
La incógnita de cómo viajar no le duró mucho a “Cheche”, ya que, su trabajo vendiendo “monos” también se hacía en Ecuador y consistía exactamente en lo mismo, no dudó en dedicarse por completo a la venta de cuadros en ese país; luego fue a parar a Colombia y después a Venezuela, finalmente llego a Republica Dominicana donde se encontró nuevamente con Maritza y se casó. El matrimonio no duró mucho, se divorcio después de unos años, pero se quedo con ese espíritu aventurero de querer conocer más lugares, más puertos, más personas, más historias y así lo hizo.

Cabe resaltar que en todos los países a los que llegaba “Cheche”,  siempre buscaba relacionarse con la comunidad negra, de esta manera, a medida que viajaba iba escribiendo una especie de bitácora de viajes en las que plasmaba sus experiencias, las mismas que le servirían luego para escribir libros y dar conferencias sobre la situación de los afro descendientes en América Latina. Así, vendiendo “monos” Campos Dávila viajó por todos los pueblos negros de este continente, pero su historia aún estaba empezando.
De un momento a otro, se vió viajando por tantos lugares vendiendo sus famosos cuadros, un día, sentado en alguna calle de Alcalá de Henares en Madrid se preguntó así mismo ¿Por qué no voy a África?, en Perú le habían dicho tantas veces que era descendiente de africanos y que él era medio peruano medio africano, que terminó tomando la decisión de cruzar el charco e ir de España hacia Marruecos.



No hay comentarios:

Publicar un comentario