“Cheche” Campos Dávila y su aventura escrita con tinta negra.
En África supe que era peruano
Todos
algunas vez hemos escuchado el término ‘afroperuano’ o ‘afro descendiente’,
estos rótulos nos hacen pensar que hay peruanos que tienen una parte africana.
José “Cheche” Campos Dávila estuvo en el continente negro y nos asegura que no
es así. “En África me di cuenta de que yo era peruano, que no era africano ni
afro. Ellos no creen en eso de que tú eres afro ni nada por el estilo. Tú eres
peruano” afirma.
Una crónica de José Alonso Rojas Gutiérrez
José “Cheche” Campos Dávila llegó hasta África vendiendo cuadros al oleo. Estando en Marruecos se chocó con la primera barrera, el idioma. Todos sus viajes fueron subvencionados por la cualidad que tenía para convencer a sus clientes de comprar unos inservibles cuadros. Pero ahora, sin poder usar su herramienta principal, ese verbo florido que le podía hacer vender gran cantidad de cuadros al día estaba atado de manos.
En Marruecos no estuvo mucho tiempo.
Poco a poco se le iba acabando el dinero que había juntado en España y, aunque
nunca tuvo apuros económicos, “Cheche” esperaba seguir viajando para poder
llegar allá donde alguna vez vivieron sus ancestros. Un compañero de viaje le
comentó que había un lugar en África en el que se hablaba español y sin
pensarlo “Cheche” fue para allá.
Guinea Ecuatorial es el único país
en África en el que se habla español, allí fue a parar “Cheche” con todos sus pinturas,
con todas sus ganas de conocer a sus ancestros y con la esperanza de alejarse
por un instante de las diferencias raciales que lo habían perseguido durante
toda su vida, total, en África estaría con los suyos, rodeado de negros. Craso
error.
“Cheche” llegó a Guinea Ecuatorial y pensó que
se sentiría como en casa, pero la gente allá no lo trataba como él pensó. Lo
miraban diferente, su acento lo delataba, era un advenedizo, un extranjero más,
un peruano que se creía africano. Nunca lo llegaron a tratar como a uno de
ellos y es que realmente no lo era. En ese momento recordó las palabras de la
gente en el Perú, las historias que le habían contado acerca de negros llegando
a los puertos peruanos provenientes del África, de los términos que se usan
para llamar ‘respetuosamente’ a los negros. ¿‘Afroperuano’, ‘Afro descendiente’?
Estando en África “Cheche” eliminó esas palabras de su vocabulario. Ser negro
no te hace africano, pensó
--En los países negros hay negros
ricos que ven mal a quienes no los son. El problema de fondo es que el látigo
no tiene colores ni la riqueza tampoco – me comenta “Cheche”
--¿Se sintió discriminado en África?
– Le pregunto.
--Claro, allá descubrí que no era
afro, allá eres peruano y nada más, es lo primero que tienen que aclararte. Acá
a uno lo quieren volver africano.
Después de tanto andar por el mundo decide
instalarse en un solo lugar, es así como uno de sus hermanos lo invita a vivir
con él en los Estados Unidos.
La idea no sonaba mala, “Cheche” cansado de
viajar decide que quizás el país del tío Sam sería ideal para él y allí fue a
parar. El problema vino cuando se dio cuenta que en Estados Unidos se le era
más difícil vender sus cuadros, además su hermano vivía en una zona alejada de
comercios por lo que a “Cheche” no le quedo más remedio que trabajar. Es en ese
momento que se percató que pasó gran parte de su vida paseando, siendo un
comerciante y que nunca había trabajado como lo hacen la mayoría de mortales.
Su hermano lo apoyó consiguiéndole
un trabajo en una fábrica, el mismo que alternaba con un trabajo que consiguió
en el Museo de Historia Natural de Nueva York haciendo material educativo para
América Latina. El trabajo era cansado, trabajaba todo el día en el Museo y de
noche trabajaba en la fábrica, dinero no le faltaba, pero su espíritu viajero
lo había acostumbrado a un ritmo de vida completamente distinto.
En el Museo tuvo una jefa
puertorriqueña con la que le gustaba conversar y quien le celebraba
constantemente sus historias sobre su paso por todo el mundo vendiendo sus
cuadros, era una mujer bastante mayor que él y que había vivido en USA por
muchos años, casi desde su nacimiento.
--Chico, tu sabes hablar bien, tú tienes tu título,
qué carajo haces en este país, tienes que elegir muchacho o eres cabeza de
ratón en tu país o eres cola de león eterna aquí en los Estados Unidos – le
dijo un día su jefa al ver a “Cheche” casi durmiendo en el trabajo.
Ésta advertencia no hizo más que
confirmarle a Campos Dávila que había llegado la hora de regresar a su país.
Antes ya lo había intentado, pero siempre regresaba, no se acostumbraba al
Perú. Esa vez, luego de la conversación con su jefa, decidió comprar su “ticket”
por teléfono y regresar al Perú, para no abandonarlo nunca más.
A su llegada la situación era tal
cual la había dejado, el Perú no había avanzado en lo absoluto y le entraron
las ganas de volver, pero “Cheche”, terco como el solo, no se iba a dejar
vencer por sus propios deseos. Un buen día agarro su pasaporte y lo quemo junto
a su Visa “Muerto el perro no hay más rabia” dijo.
Luego de quemar su pasaporte, Campos Dávila se
dedicó a desarrollar su profesión siguió investigando la cultura negra y a
vender cuadros cada vez que le faltaba algo de dinero, aunque esporádicamente
lo dejo de hacer. Sus experiencias de viajero empedernido le sirvieron para ser
uno de los investigadores de minorías étnicas más respetados del país y para
ocupar su cargo como Vicerrector de investigación de la Universidad La Cantuta,
además, ha sido director del Instituto de Investigaciones Afroperuanas y fue condecorado en el 2011 por el
ministerio de cultura por su contribución al desarrollo e inclusión de los
afrodescendientes del Perú.
Para Campos Dávila, el Perú no es un
país racista, el racismo se manifiesta como un enfrentamiento directo, “aquí
todos nos mezclamos, no hay problema en tener un amigo negro, el problema se da
cuando ese amigo se quiere levantar a tu hermana (risas)” afirma. Desde su
punto de vista el Perú es un país lleno
de prejuicios, pero no racista.
El inicio del viaje
La historia de “Cheche” comenzó en
el año 1955 cuando sintió por primera vez, la discriminación y las
consecuencias que en nuestro país implicaba ser negro.
Corría el año 1955 y José “Cheche” Campos Dávila estaba sentado en la
sala de su casa en el populoso barrio de Surquillo en Lima. “Cheche” vivía en
una quinta cercana al cruce de la vía expresa con la avenida Angamos, barrio
que es conocido como Chicago Chico. Desde la habitación contigua podía escuchar el llanto de su madre. Realmente
no lograba entender que estaba pasando y es que a sus escasos seis años él solo
entendía de juegos y correteos con sus hermanos alrededor de la quinta en la que
vivía. Pero no tenía idea que las lágrimas de su madre se debían a que el
director del colegio en el que “Cheche” debía iniciar sus estudios primarios no
le había permitido matricularlo. Es que él era diferente a sus demás
compañeros. Era negro.
Tuve la oportunidad de conocer el
trabajo de José “Cheche” Campos, por una casualidad, un día un familiar me
regaló un libro de “Cheche” y me comentó que era un profesor suyo en la Escuela
de Postgrado de la Universidad Nacional de Educación Enrique Guzmán y Valle La
Cantuta, no le tomé mayor atención, pero luego me encargaron hacer una
entrevista a un personaje que estudie la cultura negra en el Perú, él fue el
primero que se me vino a la mente, nunca pensé que invertiría más de una hora
en una entrevista que no debía durar más de 15 minutos.
Una vez en su oficina iniciamos la
entrevista, le pregunte cosas puntuales sobre la situación del racismo en
nuestro país, en ese tiempo había pasado un incidente en el que unos jóvenes
pasados de copas usaron adjetivos racistas contra unos periodista y quería que me diera su
punto de vista como investigador de la problemática de minorías en nuestro país,
la entrevista no debía durar más de 15 minutos. Dijo algunas cosas que me
parecieron interesantes y seguí preguntando. “Conozco todos los pueblos negros
de América” mencionó “Cheche”; esa es una historia interesante, pensé.
Aproximadamente en el año 1972 un
joven graduado de profesor se paseaba por las calles de Chiclayo, donde había
conseguido una plaza para ejercer como educador, el dinero era escaso, no había
mayores oportunidades. Un día saliendo para trabajar, “Cheche” se detuvo frente
al cuadro de sus padres que tenía colgado en su pequeño cuarto de la ciudad
norteña, se pregunto cómo es que estarían ellos y se retiro rápidamente a su
trabajo. Ese mismo día a la salida del colegio en el que dictaba clases paso
por el muelle y vio a un grupo de muchachos vendiendo cuadros, se acerco
entablo una conversación con ellos y le explicaron su negocio.
--Vendemos “monos”- dijeron.
--¿Cómo es eso de los “monos”? –
preguntó “Cheche”.
--Son cuadros, seguro has visto los
cuadros que tiene todo el mundo colgado en sus paredes con sus papas o sus
abuelos pintados al oleo, esos son “monos” pues moreno, la gente los compra de
pura mona – le contestaron.
Cheche no tardo mucho en hacerse
amigo de estos muchachos que trabajaban en el muelle y alternó su trabajo como
profesor con la venta de cuadros al oleo en los muelles. La modalidad era
sencilla, uno de ellos era el pintor, los otros solo se encargaban de contactar
a la gente, había que convencerlos para que se dejen retratar, lo demás caía
por su propio peso, los cuadros que costaban unos 5 dólares eran vendidos al
cuádruple de su precio y luego se repartían el dinero, así fue como Cheche
comenzó en este negocio.
--En verdad vendí un montón de cuadros, yo creo que
ganaba unos 300 soles mensuales y vendía unos 2 o 3 cuadros diarios, solo
trabajando medio día- me comenta “Cheche” en su oficina
Pero no fue el dinero, ni su afán
por conocer la cultura negra y mucho menos su vocación como educador lo que lo
llevo a querer viajar por el mundo, fue el amor.
Y llegó el amor
En uno de sus tantos días vendiendo
cuadros en el muelle en Chiclayo “Cheche” conoció a Maritza una dominicana que
años después sería su esposa.
--Y
¿dónde vives? Le pregunto “Cheche”.
--En Santo Domingo, chico - Le
contesto Maritza.
--Y ¿dónde queda eso? Volvió a
preguntar “Cheche”
--Al otro lado del mar pues, en el
Caribe – Dijo Maritza.
Y es así como inicia su espíritu
aventurero, Cheche debía encontrar la forma de llegar desde Chiclayo hasta
Santo Domingo, la pregunta ahora era cómo.
La incógnita de cómo viajar no le
duró mucho a “Cheche”, ya que, su trabajo vendiendo “monos” también se hacía en
Ecuador y consistía exactamente en lo mismo, no dudó en dedicarse por completo
a la venta de cuadros en ese país; luego fue a parar a Colombia y después a
Venezuela, finalmente llego a Republica Dominicana donde se encontró nuevamente
con Maritza y se casó. El matrimonio no duró mucho, se divorcio después de unos
años, pero se quedo con ese espíritu aventurero de querer conocer más lugares,
más puertos, más personas, más historias y así lo hizo.
Cabe resaltar que en todos los
países a los que llegaba “Cheche”,
siempre buscaba relacionarse con la comunidad negra, de esta manera, a
medida que viajaba iba escribiendo una especie de bitácora de viajes en las que
plasmaba sus experiencias, las mismas que le servirían luego para escribir
libros y dar conferencias sobre la situación de los afro descendientes en
América Latina. Así, vendiendo “monos” Campos Dávila viajó por todos los
pueblos negros de este continente, pero su historia aún estaba empezando.
De un momento a otro, se vió
viajando por tantos lugares vendiendo sus famosos cuadros, un día, sentado en
alguna calle de Alcalá de Henares en Madrid se preguntó así mismo ¿Por qué no
voy a África?, en Perú le habían dicho tantas veces que era descendiente de
africanos y que él era medio peruano medio africano, que terminó tomando la
decisión de cruzar el charco e ir de España hacia Marruecos.

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