domingo, 9 de diciembre de 2012

CRÓNICA CINCO



La extraña vida de Aminta Henrich:





La bióloga chambea en combi


Aminta Henrich es una peruana con apellido alemán que vende caramelos en una combi para sobrevivir. Nada fuera de lo normal, excepto por el hecho de que es bióloga y una de las dos únicas artistas en el mundo que ha dibujado una serie de líneas de Nazca. Este es el perfil de un personaje muy especial.


Una crónica de Yuri Ferrel Escalante. 

Es una habitual tarde de miércoles y Aminta Henrich Nonone espera con calma en el cruce de las avenidas Javier Prado y Aviación, sube al bus de la línea Consorcio Vial y se prepara para dar su habitual discurso, lleva la calma que solo la constante repetición de la actividad puede proporcionar: “Buenas, señores, soy una bióloga y pintora peruana y he venido a pedir su colaboración con la compra de estos caramelos. Soy una de las dos únicas artistas que pintó una serie de las líneas de Nazca. ¿Por qué estoy ahora así? Bueno, una caída la puede tener cualquiera, ¿no?” 

El ritual encuentra su punto final y distintivo, cuando ella dice que si no le creen, pueden buscar su nombre en Google y comprobar lo que dijo.  Además, entrega pequeñas tarjetas para que los pasajeros interesados puedan contratarla para aprender alemán o como asesora de tareas escolares. “Que Dios los bendiga y muchas gracias”, remata mientras sale del bus. Fue gracias a ese proceso que pude encontrarla y conseguir la entrevista a la que ella accedió muy gustosa, casi con una sonrisa constante en el rostro. Cuando, luego de una pequeña caminata desde la intersección de Faucett con Quilca,  llegué a la urbanización Playa Rimac (casi en las laderas del río), fue bastante sencillo ubicar el pequeño departamento donde vive. Luego vinieron la mesa, un par de sillas y muchas tazas de café.   
 
No es fácil encontrar una historia como la de Aminta, una mujer de 53 años que pasó su infancia en un barrio de Jesús María, lugar en donde conocería a quien ella llama como el “amor de su vida”, pero también donde conoció a su primer esposo y nació su primer hijo. Además, en esos años llegó a terminar la maestría en apicultura en la Universidad Federico Villareal. Buenos tiempos, como la gente podría llamar. 

Todo iba de maravillas para Henrich y su familia hasta que el Fujishock mandó a la quiebra al negocio familiar y deprimió en exceso a su esposo, quien tan solo se dedicó a “jugar en la computadora”. Fue entonces cuando la primera crisis empezó: “Me separé de él porque cuando la pobreza entra por una ventana, el amor sale por la otra”.
  
De todas maneras, Aminta se las ingenió para conseguir trabajo vendiendo individuales en el Congreso y colaborando en un programa de salubridad en MoscaMet, organización donde ella no pudo estar más de un mes, pero que sirvió para que conozca a “alguien que suplió la falta de cariño”. Sin embargo la relación duró poco y “no tiene casi sentido seguir hablando de lo que sucedió en ese momento”. 

Su vida dio un giro importante cuando conoció a un alemán que vino al Perú para hacer aventura y encontrar oro en la selva, mochileros locos que les dicen. “Fuimos a Puerto Maldonado con la intención de obtener oro y todas las cosas que el compraba estaban a mi nombre, pero todo se fue al demonio porque le pagaba el 25% a los obreros, comenzaron las deudas y el plan fracasó”.
Luego del fiasco, ambos tuvieron que vender la draga que el amante aventurero había adquirido, para recuperar algo de lo gastado: “Eddy había invertido unos 50 mil dólares y al final tan solo recuperó 10 mil con esa venta”.   

Otras aventuras
“Pero como la fiebre del oro es algo que no te deja”, Eddy viajó a Alemania y volvió con 5 mil dólares para ir al río Chaspa, que según la leyenda popular esconde mucho material dorado. Al final, Aminta tuvo que viajar a Puerto Maldonado porque le habían contado que el accidentado minero no estaba bien. “Preguntando por el gringo, llegamos donde él y resultó que le habían robado dinero y el rifle que tenía. Fue entonces que encontramos al ladrón y lo amenacé con una pistola para que devuelva el botín, pero lloró y no devolvió el dinero. Nos tuvimos que ir”.

Luego de la desventura del oro, Eddy regresó a Alemania, pero seguía comunicándose constantemente con Aminta, a quien terminó por convencer para que vivan juntos en el país europeo. Ella accedió y al poco tiempo también pudo llevar a su hijo: la familia estaba constituida.
Sin embargo, los problemas no demoraron en llegar: “Él era techador y esa es una profesión muy dura en Alemania por el clima  extremo y la inclinación de la superficie. Es entonces que comienza a beber y a pegarme. Luego de dos años le dije adiós”.  Después conoció a otro novio, quien era un mal negociante, “desordenado y amante excesivo de los autos”. 

“Yo siempre he sido una niña sobreprotegida, quizás por eso no pude elegir buenas parejas”.  ¿Cómo la pasaba su hijo? “Josenilo siempre ha sido un chico crítico y muy inteligente, él tiene 150 de IQ, pero tuvo momentos muy difíciles allá porque veía que me maltrataban”. La voz había pasado de un orgullo tremendo a la tristeza propia de la nostalgia y el recuerdo.
“Con mi última pareja tuve muchos problemas, nos separábamos y mudábamos constantemente, él era bastante violento conmigo, así que tuvimos una relación muy violenta”. “Fue cuando nos mudamos a un pueblo cerca de Colonia que comencé a pintar”. 

“Y pintaba porque no tenía otra cosa que hacer, empecé a pintar para mí, para decorar mi casa… Pasé de acuarela a abstractos. Hice una exposición en el hospital de “María” en el pueblo donde vivía, luego obtuve una beca para estudiar con un reconocido pintor alemán”.  

“Las primeras pinturas que hice fueron sobre la serie de las líneas de Nazca, una de las dos únicas que existen en el mundo. Llegué a hacer 48 de ellas”. Ahí comenzó el espiral de la fama artística: expuso en la embajada peruana en Alemania (Salón María Reiche), donde vendió ocho pinturas,  llegaron más exposiciones en diversas zonas teutonas, las obras estaban cotizadas entre 1000 y 1500 euros y logró vender toda la serie de líneas de Nazca. 
        
 “Me levantaba, comenzaba a pintar y los cuadros salían solos, era como si mi mano se moviera casi por inercia”.  Además, la pintura también le había dado independencia y fuerza necesarias para dejar a su pareja y vivir sola con Josenilo.  

Pero la necesidad de afecto siempre estuvo presente, y fue la nostalgia del primer amor la culpable de que Aminta vuelva al Perú: “Busqué en las páginas blancas del Perú un nombre que yo había recordado mucho (cinco  segundos de silencio  fúnebre): Jesús La Madrid Salcedo”.  

- Hola, ¿sabes quién soy?
- No sé
- Soy Aminta Henrich Nonone.
- ¡¿Dónde estás?! 

Ahí comenzó todo. 

 La historia de su relación con Jesús La Madrid empezó con mucha alegría. Las anécdotas de la juventud entre ambos se sucedían con bastantes sonrisas de por medio y parecía que los años mozos habían vuelto  por algunos escasos minutos.  

“Bueno, la cosa es que llegué a pagar hasta 1900 euros por los gastos de teléfono.  Invité a Jesús para que vaya a Alemania, pero él no podía ir porque su mamá se lo impedía. Tenía mamitis”. 

 ¿quiero quedarme acá o volver al Perú?”. 

Aminta regresó al Perú el 20 de noviembre del 2007. Josenilo había hecho su propia vida y Martin, su segundo hijo, era bastante pegado a su padre. Como resultado, llegó solo acompañada de varios lienzos, máquinas, recuerdos de sus hijos, todo menos ellos.  

“Jesús me recibió en el aeropuerto y fue el momento más feliz de mi vida”. El suspiro posterior daba a entender la pequeña película mental que acababa de tener: algo así como un cortometraje alegre.
“Cuando llegué el mundo desapareció, solo existíamos él y yo, vivíamos separados pero iba a mi casa todos los días durante seis meses. El era muy culto, inteligente, compartíamos muchos sueños juntos”. Todo el sueño duró hasta que Aminta descubrió que Jesús tenía una pareja. Luego de comprobar la verdad, la pesadilla se abrió paso. 

“El día 20 de mayo (2008) recibí un correo, la primera carta de amor que recibí en mi vida y fue de despedida. En ese momento se quebró mi vida”. Según el psiquiatra, ese fue el suceso que activó la bipolaridad de Henrich.
Por comprensible coincidencia, Aminta se volvió depresiva e intentó suicidarse hasta en tres veces, pero las numerosas cajas de Diazepán no pudieron darle el boleto de ida al viaje sin retorno. 

“¿Podemos hacer una pausa?, quiero salir a fumar un rato”. Sí, claro. “Hace poco pasé a firmar mis cuadros como Warmy Kullay (señalando una pintura en la pared donde un hombre bailaba con una mujer). Pasé de ser un trofeo de marinera, como me llamaba Jesús, para convertirme en una mujer amada (Warma Kullay)”.  “¿Vamos afuera?”. 

 Luego de un cigarro, volvimos a la mesa y otra taza de café. “En Alemania solo pensaba en trabajar para volver al Perú” ¿Para qué? “Para ver a Jesús”. “Mucha gente dice que esto es obsesión, pero yo estoy segura de que es amor”.
Jesús era, y es aún, profesor de baile y mantuvo una relación por mucho tiempo con una cantante folclórica. “La mujer con la que estuvo él murió de cáncer y yo me siento en parte culpable de eso”.

El suicidio otra vez

“Cuando volví al Perú, no pude conseguir trabajo, me deprimí y volví a intentar suicidarme con Diazepán y Racumín”. En esta ocasión el paro cardiaco estuvo muy cerca, pero nuevamente se salvó por poco.
Después vino un ciclo repetitivo: otro viaje hacia Alemania, una estadía deprimente y un regreso al Perú con nuevos intentos de levantarse, pero esta vez a punta de vender caramelos en los buses y dando circunstanciales clases de alemán a la gente que se lo solicitaba. La idea llegó cuando estaba viviendo en la casa de una amiga y la empleada del hogar le dijo que debería ganarse la vida por ella misma, pero el inicio no fue sencillo: “Tuve que vencer mi orgullo para salir a vender caramelos”.    
Cuando parecía que todo había terminado y no había más que contar, llegó el tesoro: Se paró de un momento a otro y fue hacia su cama para traer una botella de vino. Yo sabía que no era precisamente para nuestro consumo, y es que en ella estaba pegado un recorte de periódico con una foto de Jesús junto a su difunta ex pareja. La nota era sobre la academia de danza que él tiene.  
“Este vino me lo dieron cuando salí de una clínica psiquiátrica en Alemania, y yo prometí que solo la llegaré a tomar con él”. No hace falta aclarar a quién se refiere.  
--La conocen de varias formas: Aminta, María, Warmy Kullay, ¿cómo prefieren que la llamen?
--Creo que Warmy Kullay, por eso ahora firmo mis cuadros bajo ese nombre. Aunque no pueda volver a pintar bien, porque para eso necesito que él esté a mi lado. 
--Bueno, ¿qué va a hacer mañana?
--No lo sé, quizás salga a vender caramelos. Yo vivo el hoy, lo que suceda mañana lo decidiré en su momento.
En algún momento de nuestra conversación, soltó la frase: “Soy una artista, no soy una persona normal”. Y yo le creo.    

 

CRÓNICA CUATRO



“Cheche” Campos Dávila y su aventura escrita con tinta negra.


En África supe que era peruano

                                                                                                                                        



Todos algunas vez hemos escuchado el término ‘afroperuano’ o ‘afro descendiente’, estos rótulos nos hacen pensar que hay peruanos que tienen una parte africana. José “Cheche” Campos Dávila estuvo en el continente negro y nos asegura que no es así. “En África me di cuenta de que yo era peruano, que no era africano ni afro. Ellos no creen en eso de que tú eres afro ni nada por el estilo. Tú eres peruano” afirma.



Una crónica de José Alonso Rojas Gutiérrez


José “Cheche” Campos Dávila llegó hasta África vendiendo cuadros al oleo. Estando en Marruecos se chocó con la primera barrera, el idioma. Todos sus viajes fueron subvencionados por la cualidad que tenía para convencer a sus clientes de comprar unos inservibles cuadros. Pero ahora, sin poder usar su herramienta principal, ese verbo florido que le podía hacer vender gran cantidad de cuadros al día estaba atado de manos.

En Marruecos no estuvo mucho tiempo. Poco a poco se le iba acabando el dinero que había juntado en España y, aunque nunca tuvo apuros económicos, “Cheche” esperaba seguir viajando para poder llegar allá donde alguna vez vivieron sus ancestros. Un compañero de viaje le comentó que había un lugar en África en el que se hablaba español y sin pensarlo “Cheche” fue para allá. 

Guinea Ecuatorial es el único país en África en el que se habla español, allí fue a parar “Cheche” con todos sus pinturas, con todas sus ganas de conocer a sus ancestros y con la esperanza de alejarse por un instante de las diferencias raciales que lo habían perseguido durante toda su vida, total, en África estaría con los suyos, rodeado de negros. Craso error.

 “Cheche” llegó a Guinea Ecuatorial y pensó que se sentiría como en casa, pero la gente allá no lo trataba como él pensó. Lo miraban diferente, su acento lo delataba, era un advenedizo, un extranjero más, un peruano que se creía africano. Nunca lo llegaron a tratar como a uno de ellos y es que realmente no lo era. En ese momento recordó las palabras de la gente en el Perú, las historias que le habían contado acerca de negros llegando a los puertos peruanos provenientes del África, de los términos que se usan para llamar ‘respetuosamente’ a los negros. ¿‘Afroperuano’, ‘Afro descendiente’? Estando en África “Cheche” eliminó esas palabras de su vocabulario. Ser negro no te hace africano, pensó

--En los países negros hay negros ricos que ven mal a quienes no los son. El problema de fondo es que el látigo no tiene colores ni la riqueza tampoco – me comenta “Cheche”
--¿Se sintió discriminado en África? – Le pregunto.
--Claro, allá descubrí que no era afro, allá eres peruano y nada más, es lo primero que tienen que aclararte. Acá a uno lo quieren volver africano.
Después de tanto andar por el mundo decide instalarse en un solo lugar, es así como uno de sus hermanos lo invita a vivir con él en los Estados Unidos.

La idea no sonaba mala, “Cheche” cansado de viajar decide que quizás el país del tío Sam sería ideal para él y allí fue a parar. El problema vino cuando se dio cuenta que en Estados Unidos se le era más difícil vender sus cuadros, además su hermano vivía en una zona alejada de comercios por lo que a “Cheche” no le quedo más remedio que trabajar. Es en ese momento que se percató que pasó gran parte de su vida paseando, siendo un comerciante y que nunca había trabajado como lo hacen la mayoría de mortales.
Su hermano lo apoyó consiguiéndole un trabajo en una fábrica, el mismo que alternaba con un trabajo que consiguió en el Museo de Historia Natural de Nueva York haciendo material educativo para América Latina. El trabajo era cansado, trabajaba todo el día en el Museo y de noche trabajaba en la fábrica, dinero no le faltaba, pero su espíritu viajero lo había acostumbrado a un ritmo de vida completamente distinto.
En el Museo tuvo una jefa puertorriqueña con la que le gustaba conversar y quien le celebraba constantemente sus historias sobre su paso por todo el mundo vendiendo sus cuadros, era una mujer bastante mayor que él y que había vivido en USA por muchos años, casi desde su nacimiento.

--Chico, tu sabes hablar bien, tú tienes tu título, qué carajo haces en este país, tienes que elegir muchacho o eres cabeza de ratón en tu país o eres cola de león eterna aquí en los Estados Unidos – le dijo un día su jefa al ver a “Cheche” casi durmiendo en el trabajo.

Ésta advertencia no hizo más que confirmarle a Campos Dávila que había llegado la hora de regresar a su país. Antes ya lo había intentado, pero siempre regresaba, no se acostumbraba al Perú. Esa vez, luego de la conversación con su jefa, decidió comprar su “ticket” por teléfono y regresar al Perú, para no abandonarlo nunca más.
A su llegada la situación era tal cual la había dejado, el Perú no había avanzado en lo absoluto y le entraron las ganas de volver, pero “Cheche”, terco como el solo, no se iba a dejar vencer por sus propios deseos. Un buen día agarro su pasaporte y lo quemo junto a su Visa “Muerto el perro no hay más rabia” dijo. 

Luego  de quemar su pasaporte, Campos Dávila se dedicó a desarrollar su profesión siguió investigando la cultura negra y a vender cuadros cada vez que le faltaba algo de dinero, aunque esporádicamente lo dejo de hacer. Sus experiencias de viajero empedernido le sirvieron para ser uno de los investigadores de minorías étnicas más respetados del país y para ocupar su cargo como Vicerrector de investigación de la Universidad La Cantuta, además, ha sido director del Instituto de Investigaciones Afroperuanas  y fue condecorado en el 2011 por el ministerio de cultura por su contribución al desarrollo e inclusión de los afrodescendientes del Perú.

Para Campos Dávila, el Perú no es un país racista, el racismo se manifiesta como un enfrentamiento directo, “aquí todos nos mezclamos, no hay problema en tener un amigo negro, el problema se da cuando ese amigo se quiere levantar a tu hermana (risas)” afirma. Desde su punto de vista el Perú  es un país lleno de prejuicios, pero no racista.

El inicio del viaje

La historia de “Cheche” comenzó en el año 1955 cuando sintió por primera vez, la discriminación y las consecuencias que en nuestro país implicaba ser negro.
Corría el año 1955 y José  “Cheche” Campos Dávila estaba sentado en la sala de su casa en el populoso barrio de Surquillo en Lima. “Cheche” vivía en una quinta cercana al cruce de la vía expresa con la avenida Angamos, barrio que es conocido como Chicago Chico. Desde la habitación contigua  podía escuchar el llanto de su madre. Realmente no lograba entender que estaba pasando y es que a sus escasos seis años él solo entendía de juegos y correteos con sus hermanos alrededor de la quinta en la que vivía. Pero no tenía idea que las lágrimas de su madre se debían a que el director del colegio en el que “Cheche” debía iniciar sus estudios primarios no le había permitido matricularlo. Es que él era diferente a sus demás compañeros.  Era negro.

Tuve la oportunidad de conocer el trabajo de José “Cheche” Campos, por una casualidad, un día un familiar me regaló un libro de “Cheche” y me comentó que era un profesor suyo en la Escuela de Postgrado de la Universidad Nacional de Educación Enrique Guzmán y Valle La Cantuta, no le tomé mayor atención, pero luego me encargaron hacer una entrevista a un personaje que estudie la cultura negra en el Perú, él fue el primero que se me vino a la mente, nunca pensé que invertiría más de una hora en una entrevista que no debía durar más de 15 minutos.

Una vez en su oficina iniciamos la entrevista, le pregunte cosas puntuales sobre la situación del racismo en nuestro país, en ese tiempo había pasado un incidente en el que unos jóvenes pasados de copas usaron adjetivos racistas contra  unos periodista y quería que me diera su punto de vista como investigador de la problemática de minorías en nuestro país, la entrevista no debía durar más de 15 minutos. Dijo algunas cosas que me parecieron interesantes y seguí preguntando. “Conozco todos los pueblos negros de América” mencionó “Cheche”; esa es una historia interesante, pensé.

Aproximadamente en el año 1972 un joven graduado de profesor se paseaba por las calles de Chiclayo, donde había conseguido una plaza para ejercer como educador, el dinero era escaso, no había mayores oportunidades. Un día saliendo para trabajar, “Cheche” se detuvo frente al cuadro de sus padres que tenía colgado en su pequeño cuarto de la ciudad norteña, se pregunto cómo es que estarían ellos y se retiro rápidamente a su trabajo. Ese mismo día a la salida del colegio en el que dictaba clases paso por el muelle y vio a un grupo de muchachos vendiendo cuadros, se acerco entablo una conversación con ellos y le explicaron su negocio.

--Vendemos “monos”- dijeron.
--¿Cómo es eso de los “monos”? – preguntó “Cheche”.
--Son cuadros, seguro has visto los cuadros que tiene todo el mundo colgado en sus paredes con sus papas o sus abuelos pintados al oleo, esos son “monos” pues moreno, la gente los compra de pura mona – le contestaron.

Cheche no tardo mucho en hacerse amigo de estos muchachos que trabajaban en el muelle y alternó su trabajo como profesor con la venta de cuadros al oleo en los muelles. La modalidad era sencilla, uno de ellos era el pintor, los otros solo se encargaban de contactar a la gente, había que convencerlos para que se dejen retratar, lo demás caía por su propio peso, los cuadros que costaban unos 5 dólares eran vendidos al cuádruple de su precio y luego se repartían el dinero, así fue como Cheche comenzó en este negocio.

--En verdad vendí un montón de cuadros, yo creo que ganaba unos 300 soles mensuales y vendía unos 2 o 3 cuadros diarios, solo trabajando medio día- me comenta “Cheche” en su oficina
Pero no fue el dinero, ni su afán por conocer la cultura negra y mucho menos su vocación como educador lo que lo llevo a querer viajar por el mundo, fue el amor.

Y llegó el amor

En uno de sus tantos días vendiendo cuadros en el muelle en Chiclayo “Cheche” conoció a Maritza una dominicana que años después sería su esposa.

--Y  ¿dónde vives? Le pregunto “Cheche”.
--En Santo Domingo, chico - Le contesto Maritza.
--Y ¿dónde queda eso? Volvió a preguntar “Cheche”
--Al otro lado del mar pues, en el Caribe – Dijo Maritza.

Y es así como inicia su espíritu aventurero, Cheche debía encontrar la forma de llegar desde Chiclayo hasta Santo Domingo, la pregunta ahora era cómo.
La incógnita de cómo viajar no le duró mucho a “Cheche”, ya que, su trabajo vendiendo “monos” también se hacía en Ecuador y consistía exactamente en lo mismo, no dudó en dedicarse por completo a la venta de cuadros en ese país; luego fue a parar a Colombia y después a Venezuela, finalmente llego a Republica Dominicana donde se encontró nuevamente con Maritza y se casó. El matrimonio no duró mucho, se divorcio después de unos años, pero se quedo con ese espíritu aventurero de querer conocer más lugares, más puertos, más personas, más historias y así lo hizo.

Cabe resaltar que en todos los países a los que llegaba “Cheche”,  siempre buscaba relacionarse con la comunidad negra, de esta manera, a medida que viajaba iba escribiendo una especie de bitácora de viajes en las que plasmaba sus experiencias, las mismas que le servirían luego para escribir libros y dar conferencias sobre la situación de los afro descendientes en América Latina. Así, vendiendo “monos” Campos Dávila viajó por todos los pueblos negros de este continente, pero su historia aún estaba empezando.
De un momento a otro, se vió viajando por tantos lugares vendiendo sus famosos cuadros, un día, sentado en alguna calle de Alcalá de Henares en Madrid se preguntó así mismo ¿Por qué no voy a África?, en Perú le habían dicho tantas veces que era descendiente de africanos y que él era medio peruano medio africano, que terminó tomando la decisión de cruzar el charco e ir de España hacia Marruecos.



sábado, 8 de diciembre de 2012

CRÓNICA TRES


Pedrito, del ‘huarique’ a “Mistura”



Cilindro de los manjares


Su nombre es Pedro Péves Coronado, nació en Lima, y hoy por hoy es un talento de la Gastronomía Peruana. Ofrece la mejor propuesta culinaria al cilindro. Este es el perfil de un hombre que  comenzó a construir su negocio hace 28 años. Pasó de taller mecánico a restaurante. Esta crónica tiene más de pasión que de investigación.

Por Yessica Nieves



"El cocinero se convierte en artista

cuando tiene cosas que decir a través

de sus platos, como un pintor en un cuadro".

Joan Miró.
                                              

 Carretillas, restaurantes y cocina rústica. Afuera un gran tumulto de gente haciendo largas filas para ingresar. Era la media tarde del 15 de setiembre del 2012 en Campo de Marte, en el distrito de Jesús María y el despertar de los sentidos por los olores hizo que me dirija a una maravilla con aroma a tierra que palpita en el Corazón de la V Feria Gastronómica Internacional “Mistura”. Se trata pues, del plato estrella de la tarde donde la leña, fuego, piedras candentes dan vida a ese huarique conocido como “La Cilindrada de Pedrito”.
 
A pesar de la cantidad de visitantes que estaba esperando su turno para que le entreguen su pedido. Fue el mismo dueño, Pedro Péves, quien me atendió cordialmente y dio una tarjeta con los datos de la dirección y teléfonos del restaurante. Variedad, aroma, textura, sabor y originalidad. No solo fue un plato, fueron dos, tres. Probé una mixtura de sabores, entre ellos: chancho, pollo y pavo. Y es que no solo mi familia le dio el visto bueno sino toda la acogida se hacía cada vez más evidente por el cariño del público. Ni el Chancho al palo, ni la Caja China competían con esa carne dorada en los cilindros. Sin duda, una nueva propuesta que supera las expectativas de cualquier amante de la comida peruana.

Más que un huarique

Pasó una semana y me dirigí a su local ubicado en la Calle Los Negocios 371, Surquillo. “La Cilindrada de Pedrito” es un inusual negocio que de lunes a viernes funcionaba como taller de mecánica y de jueves a domingo como restaurante. Todo un huarique limeño para recordar. Era un miércoles a las 11:00 am. Sus anfitrionas me dan la bienvenida, me atienden de la mejor manera. Pero, antes de degustar el delicioso plato observo a su hijo mayor sentado en una silla, de espaldar rectangular y brazos y patas largos. Atareado, pero con una sonrisa siempre que lo caracteriza agudiza los sentidos para que el negocio marche bien. No pude evitar acercarme para saber cuál era su pasión.

--¿Tienes la misma afición por la cocina al igual que tu padre?--, le pregunté a su hijo mayor.
-- Claro si iniciamos el negocio juntos. Yo comienzo a trabajar con él a raíz que nace mi primer hijo y necesitaba hacer algo. Tenía dieciocho años y mi padre me dijo “Tú vas a empezar a atender un día a la semana”. Y así fue, nos turnábamos los días viernes y sábados, rotábamos hasta que fue creciendo poco a poco. Solo me dedico a eso. 

Paredes de cemento con tonalidades de blanco y plomo. En el primer piso, hay cantidad de mesas, en el centro está el fiel acompañante de la comida peruana, el vino. Es un hecho que la comida peruana sabe mejor acompañada de un buen vino. En este lugar, no es la excepción. Lo primero que atrajo mi olfato fue ese aroma tan particular que me lleva hacia esos cilindros donde 8 asistentes de cocina ya habían empezado su labor. Los olores se mezclaban, pollo, chancho, pato. El señor Pedro Péves Coronado entra en escena. A sus 57 años nunca imaginó que un hobby podía convertirse en un negocio tan rentable. Me concede, pues, una entrevista en el segundo piso del establecimiento.  

--Hace cuánto cerraron el taller mecánico--, le pregunté.
--Ya cerramos hace mes y medio. Actualmente, debido a la acogida del público, atendemos de martes a domingo de 12:00 a 5:00 p.m.

Una de las mejores y más singulares del mundo. La carrera de cocina se ha convertido en una profesión de moda. Sin embargo, la gastronomía peruana tiene otro glamour. Hay que reconocer que parte del éxito y aceptación de la comida pasa no solo por el sabor de sus aderezos sino por la calidad de insumos. Todo se traduce en su diversidad. En su plena efervescencia, en un momento de constantes cambios. Donde el chef tiene un papel importante para innovar gran cantidad de recetas peruanas. Si hay algo que define al cocinero de nuestro tiempo es que es un hacedor, está todo el día pensando en cómo hacer, cómo interpretar o cómo explorar nuevas ideas, nuevos conceptos – así lo afirma Gastón Acurio—. El desafío aquí es encontrar nuevos talentos. Pedro Péves nos explica cómo su pasión por la cocina fue decisiva para crear la cilindrada.
--¿Cómo así surgió la idea de la cilindrada?, Don Pedrito--
--Bueno, la idea se me ocurrió de la nada. Nunca había visto que hicieran la carne de esta manera. Fue un largo proceso, empecé haciendo mi pollito a la brasa. Luego, agarré un cilindro y lo corté pero se me quemó así que decidí usar uno más grande. Le puse una chimenea, barro y cemento hasta que llegué al modelo actual con hueco para que salga crocante. Es un experimento que funcionó y cómo ves las carnes van tomando otro color y otro sabor. 

La familia y el negocio

Su entorno más íntimo está conformado por Marjorie, su esposa, Pedro, su hijo. Ellos colaboran con Pedrito en el negocio. Su hija, del mismo nombre de la madre, estudió diseño gráfico y trabaja independiente. Evidentemente, fueron fuentes de inspiración para elaborar esa carne tan espléndida.
--¿Cómo surgió su pasión por la cocina, Don Pedrito?--,
-- No estudié cocina, soy mecánico de profesión. Pero de niño vi a mi padre cocinar, hacía sus parrillas también. Mi madre, al igual que yo, tenía esa misma pasión por la cocina como buena arequipeña que es. Tú sabes que todo se hereda. Mis familiares fueron las primeras personas que probaron el sabor del cilindro y me incentivaron a realizar esta oportunidad de negocio.
No será un restaurante lujoso pero sí muy acogedor. La especialidad de la casa bautizada con cuatro carnes y presas de chancho, pollo, pavo y pato deja satisfecho a gran cantidad de comensales. Texturas crocantes y jugosas acompañadas de chorizos, papas fritas, plátano asado. Son características que hacen que el paladar se derrita.
--¿En qué se diferencia el sabor con el del pollo a la parrilla?—
--A la parrilla las carnes salen más secas. La cocción es sin duda distinta.  Es más lenta, más jugosa. Al comienzo, empleamos una serie de condimentos, especias, ají amarillo. Pero ahora solo utilizamos un ingrediente, la sal. Es un sabor nuevo.
--¿Cuánto cuesta cada plato aproximadamente?—le pregunté asombrada.
--Tenemos distintos precios  que varían desde S/. 14.50 que es el pollo, S/. 21 el pavo, S/. 25 el chancho y S/. 40 el pato.

Su llegada Mistura

Gastón Acurio sostiene que pronto, emerge la cocina peruana y empieza a decir a los peruanos que a través de ella podemos seducir a cualquier ciudadano, jugando de igual a igual. Este sentimiento ha generado en la gente una fe en nuestro futuro como nación. Mistura atrae turistas que se rinden ante la comida peruana. A pesar de que se intenta buscar nuevos talentos, siempre se mantienen algunos veteranos. La fama del maestro del cilindro llegó a los oídos de Acurio quien lo invitó a participar a Mistura 2009. Es el cuarto año de Pedro Péves en la Feria Gastronómica. Este especialista en la cocina, se preocupa por seguir innovando con diferentes platillos y ansía pronto tener otro local.
Agradecida por la entrevista bajamos al primero piso. Tal fue mi asombro cuando vi la gran cantidad de gente que esperaba comer. Compañeros de trabajo, una mamá con su bebé, dos hermanos. Ahora comprendo porque Pedrito estaba tan apurado. Me senté y almorcé con mi padre.